Arden las vergüenzas de Europa


Imagen de Faro de Vigo

Claudia Gallego Ariño

El miedo es probablemente la emoción humana más popular en los últimos tiempos. Viene definida en la RAE como la angustia por un riesgo o daño real o imaginario, el sentimiento de recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea. A pesar de que suele tener una connotación negativa, el miedo sirve para sobrevivir: es un mecanismo adaptativo que tiene que ver con nuestra capacidad para reaccionar rápidamente ante situaciones peligrosas. Todos, de alguna manera u otra, hemos sentido alguna vez la desagradable visita de nuestro controvertido compañero. Sin embargo, hay quienes probablemente desconozcan una vida sin su constante presencia, y eso es motivo suficiente para hacer cualquier cosa – incluso poner en riesgo tu vida- para huir de él. Así es como mucha gente abandona todo lo que tiene para emprender un viaje hacia Europa, el paraíso de la seguridad y el bienestar (para los que tienen el carné adecuado).

Moria, el campo de refugiados de Lesbos (Grecia), el mismo que abrió sus puertas a más de 12.600 migrantes y solicitantes de asilo – a pesar de estar diseñado para acoger a 3.000- arde. Técnicamente, el fuego se inició en la noche del martes al miércoles pasado, debido a una protesta de personas que se negaban a ser recluidas tras dar positivo por la covid-19. Pero realmente, las llamas llevaban años quemando la esperanza y la dignidad de seres humanos totalmente abandonados y tratados como animales enjaulados. El incendio no ha sido un acontecimiento aleatorio, sino que materializa el fracaso y cinismo de Europa. Las cenizas no son más que el producto de la frustración, sumado a la ineptitud administrativa y la falta de una política migratoria europea común, que solo ha hecho que empeorar con la pandemia. Quienes huyen de sus países e intentan atravesar las fronteras no se encuentran con la misma UE que se autoproclama solidaria e intenta promover la integración entre diferentes países y culturas. En su lugar, se topan con una pesadilla en la que la defensa de los derechos humanos y de las convenciones sobre refugiados y solicitantes de asilo brillan por su ausencia:  hacinamiento, privación de la libertad, condiciones higiénicas deficientes, poca preparación ante la dureza de los inviernos -ha habido incluso fallecimiento de niños por el frío y enfermedades respiratorias-, acoso por parte de fuerzas de seguridad y grupos de extrema derecha, y condiciones psicológicas preocupantes. Además, lejos de ser un espacio transitorio de acogida, Moria se había convertido en una verdadera prisión, pues las gestiones son tan lentas que apenas se tramitaron solicitudes de refugio y pocos son los solicitantes que pudieron viajar al continente europeo o a otros países. En el último año, tan solo 641 solicitantes de asilo fueron trasladados a otros países de Europa: a Bélgica, Finlandia, Francia, Alemania, Luxemburgo y Portugal.

Al inicio de la epidemia, diversas ONG avisaron de que Moria podía convertirse en un foco letal: exigieron su desmantelamiento y el traslado de los internos a instalaciones más pequeñas y mejor preparadas, ya que no había suficiente agua, jabón o baños para toda la población. Mantener la distancia de seguridad era imposible en un campo que albergaba a cinco veces más personas de las inicialmente previstas. Solo había un retrete por cada 160 refugiados y una ducha por cada 500, y las tiendas de campaña y cabinas prefabricadas albergaban entre 15 y 20 personas cada una. Lo raro no es que la situación haya explotado ahora, sino que se haya podido mantener tal vergüenza durante tantos años con tanta indiferencia.

Tras el incendio, al menos se ha vuelto a poner el foco en ellos. La Organización Internacional de las Migraciones (OIM) tomó cartas en el asunto y movilizó recursos para transportar a 400 niños no acompañados al continente. El resto de las personas quedaron bloqueadas en las calles cercanas, sin techo, sin agua y sin comida. Zahara, una de las tantas mujeres que protestaba, lloraba mientras presentaba una nota del médico con fecha de finales de agosto en la que afirmaba que estaba embarazada y deprimida, y solicitaba un traslado a un nuevo alojamiento en el ahora quemado campamento. Muchas personas, en situaciones críticas como Zahara, esperan poder salir de la isla, pero el Gobierno griego no les permite desplazarse ni tan sólo para llegar hasta Mitilini, la capital. El Gobierno del conservador Kyriakos Mitsotakis se ha limitado a enviar tiendas de campaña —que se suman a los suministros de Suiza y Alemania— para alojar temporalmente a los refugiados (sin posibilidad de salir) en los alrededores del campamento de Kara Tepe, otro campo ya existente en el que hasta ahora se alojaban familias e individuos en situación vulnerable. Mitsotakis considera que serviría para castigar el acto de haber incendiado las instalaciones, lo cual que es visto por Médicos sin Fronteras como una muestra de “criminalización”. Además, es una decisión totalmente en contra de la voluntad de los refugiados y de los residentes de Lesbos. Un gran número de migrantes, que eran residentes del destruido campamento de Moria, se ha negado a entrar en las nuevas instalaciones, pidiendo asilo a otros países de la UE o mejores condiciones de vida. Por su parte, los residentes de la isla no quieren volver a ser el campo de batalla de las discrepancias de Europa.

Tras una reunión de urgencia con parte de su Gabinete, el primer ministro griego informó a la Comisión Europea de la situación recordando que la cuestión migratoria “es un problema europeo”. Siguiendo esta línea, el ministro de Exteriores alemán, Heiko Maas, instó a la Unión Europea a hacerse cargo de los afectados y a repartirlos entre los Estados miembros que estén dispuestos a ello. Pero poco se puede esperar de la política migratoria,  ya que es una de las negociaciones más difíciles a las que se enfrenta la actual presidencia alemana de la UE, y más teniendo en cuenta las disputas ya no solo entre Estados miembros, sino también las desavenencias en Alemania entre los Länder (Estados federados), que en su mayoría han mostrado una posición solidaria, tratando de establecer sus propias vías para rescatar a los solicitantes de asilo; y el Bundesregierung (Gobierno Federal), que ha mostrado  una postura inactiva al vetar los planes de estados como Berlín y Turingia. Mientras que el alcalde de Berlín, Michael Müller afirmaba: “tenemos las capacidades y está en nuestro deber ayudar a la gente necesitada”, Merkel apuntó que, si todos los refugiados son acogidos por Alemania, “entonces nunca veremos una solución europea”.

De las casi 13.000 personas, la UE acordó acoger a 400 niños no acompañados: Francia y Alemania acogerían entre 100 y 150 menores cada uno y el resto se repartirán entre Bélgica, Finlandia, Eslovenia, Croacia, Portugal, Luxemburgo, Países Bajos y Suiza. Tras las críticas internas y externas al gobierno alemán por no haber ofrecido toda la ayuda que de facto puede brindar, Horst Seehofer, ministro de Interior de Alemania, explicó que se trata de un primer paso al que le seguirá la acogida de familias con niños, siempre en un marco europeo. Margaritis Schinas, vicepresidente del Ejecutivo comunitario, ya advirtió que, a finales de mes, la Comisión Europea presentará su propuesta para un nuevo pacto de migración y asilo, que debe ser “duradero y eficaz” y reemplazar las hasta ahora soluciones ad hoc y de emergencia. Por ahora se tiene en mente financiar la construcción de un nuevo centro de acogida – si es que así se puede llamar- en la isla de Lesbos.

Moria ha sido durante mucho tiempo un símbolo de las profundas divisiones políticas en Europa en torno a la migración del Mediterráneo. Tras el cierre de las fronteras de Europa a los refugiados hace cuatro años, Moria se había convertido en un callejón sin salida, un infierno plagado de problemas de salud mental y de una sensación generalizada de desesperación. Los viajeros que emprendieron la peligrosa ruta para huir de la perenne sensación de miedo nunca lograron su fin. Moria arde, y también las rejas que tanto tiempo les retuvieron. Pero el miedo a la muerte, a la desnutrición, a la depresión, a la soledad, a la violencia, a volver a otro campo de hacinamiento, sigue presente en ellos.

Comments are disabled.

This website uses cookies to improve performance and enhance your user experience. Review our Privacy policy to learn more. More Info

The cookie settings on this website are set to "allow cookies" to give you the best browsing experience possible. If you continue to use this website without changing your cookie settings or you click "Accept" below then you are consenting to this.

Close