El hirak argelino en cuarentena


Nicolás Palomo Hernández, secretario de 89 Spain

Febrero de 2019. Bouteflika anuncia su intención de concurrir a las elecciones de ese mismo año para asegurarse un quinto mandato. Nacía así el “hirak” argelino como respuesta a esta decisión, pero el coronavirus ha obligado a aplazar las protestas que habían comenzado hacía más de un año. La pandemia no solo ha provocado el confinamiento de millones de ciudadanos a lo largo del globo, sino que ha forzado el congelamiento de movimientos como el argelino, condicionando su desarrollo posterior.

            El Bouteflika que anunciaba su quinto mandato no era el mismo Bouteflika que llegó al poder en 1999, otorgando estabilidad y, lo que es más importante, la paz a Argelia. El país magrebí se encontraba entonces inmerso en una dura y larga guerra civil. Argelia había legalizado el multipartidismo en 1988 y el Frente Islamista de Salvación (FIS) amenazaba la hegemonía del Frente de Liberación Nacional desde la consecución de la independencia de Francia. El gobierno del momento suspendió la segunda vuelta de las elecciones legislativas de 1991, tras la victoria del FIS en la primera vuelta. Para el ejecutivo, esa victoria suponía una amenaza para la democracia. Se proclamó el estado de emergencia y se procedió a la detención de los líderes islamistas, que respondieron con una guerra de guerrillas contra el poder gubernamental, cometiendo atentados contra miembros del ejército, de la policía e, incluso, contra civiles. Se iniciaba así la guerra civil argelina, conocida como “la década negra” o “los años del plomo”, que no finalizaría hasta el año 2002, cuando la mayoría de los grupos islamistas fueron derrotados. Para el fin de la guerra fue esencial la ley de amnistía y arrepentimiento promulgada por Bouteflika, que había llegado al poder tres años antes con el apoyo del ejército (tras unas elecciones en las que no faltó la polémica) y que ya había ocupado otros cargos de gran responsabilidad en el “pouvoir” argelino.

            El Bouteflika de febrero de 2019 era un Bouteflika ausente, casi etéreo, un Bouteflika simbólico y enfermo que ni siquiera era capaz de caminar por sí mismo y que no hacía apariciones públicas desde 2013, debido a sus constantes problemas de salud. El Bouteflika de febrero de 2019 era uno de los escasos líderes que habían sobrevivido a las protestas en el contexto de las llamadas “primaveras árabes”. La sociedad argelina tenía demasiado próximo el recuerdo de la “década negra”. Ello, sumado a los ejemplos de las guerras que se habían originado en Libia y Siria, hicieron que las protestas de 2011 se diluyeran y no produjeran efectos significativos para el régimen argelino. Bouteflika tan solo autorizó el fin del estado de emergencia, que se había decretado antes de la guerra civil, y concedió créditos a los jóvenes. El miedo venció. Bouteflika fue capaz de ganar las posteriores elecciones de 2014, sin participar ni siquiera en la campaña, y donde la oposición denunció fraude electoral como ya había hecho previamente en 1999, 2004 y 2009.

            Sin embargo, en febrero de 2019 se inicia el “hirak”, el movimiento surgido de la sociedad civil argelina como protesta a la intención de Bouteflika de tratar de revalidar su poder y presentarse a un quinto mandato. Veinte años en el poder habían hecho estallar a los argelinos y la caída de los precios del petróleo, del que depende en gran medida la economía argelina, hacía la situación más complicada. Dos meses después las protestas forzaron la renuncia de Boutefllika a presentarse a las elecciones de 2019, incluso después del cambio de gobierno con el que el presidente había tratado de calmar las protestas. Se celebraron las elecciones en diciembre de 2019, en las que la participación electoral no llegó alcanzar el 40% y en las que todos los candidatos eran cercanos al régimen de Bouteflika. Abdelmadjid Tebboune se convirtió en el nuevo presidente y, aun teniendo en cuenta los pocos meses que lleva en el poder, asegura haber cubierto las exigencias esenciales de los manifestantes.

            El objetivo principal del “hirak”, la renuncia de Bouteflika, ya se había conseguido, pero las protestas continuaron ante lo que los argelinos consideraron un insuficiente recambio de poder. Desde febrero de 2019, todos los martes y los viernes los argelinos han salido a protestar masivamente a las calles en un movimiento totalmente pacífico que no ha podido ser controlado por ningún partido político, religión o líder. Argelia vive desde 2019 una especie de “primavera árabe en diferido”, aunque es difícil hacer comparaciones entre estas protestas y las que ocurrieron hace ya casi una década. En este caso, los manifestantes no se han contentado con la caída de Bouteflika y exigen reformas consistentes y la caída del régimen al completo. Para comprender la importancia de estas protestas es necesario tener en cuenta la realidad y la historia argelinas: su pasado colonial, su guerra de independencia, su época poscolonial y su sangrienta guerra civil. El “hirak” supone también la prueba del fortalecimiento de la sociedad civil argelina y la demostración de que Argelia no desea una simple continuación del régimen, sino reformas profundas y cambios estructurales.

            Tan solo el coronavirus ha sido capaz de detener -por el momento- las protestas. Desde algunas partes del propio movimiento se propuso la suspensión temporal de las manifestaciones. Sin embargo, Tebboune consiguió sacar provecho del coronavirus y, excusándose en la salud pública y el riesgo de contagio, prohibió las manifestaciones y las aglomeraciones multitudinarias. Consecuentemente, las protestas se han visto aplazadas de forma indefinida, otorgando más incertidumbre a una región ya de por sí inestable. La sociedad argelina ha vuelto a despertar, pero las grandes reformas para el país más extenso de África tendrán que esperar por el momento. La pandemia ha puesto al “hirak” en cuarentena.

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