El poder global en tiempos del COVID-19.


De cómo el gigante chino se despereza mientras el hegemón estadounidense bosteza.

David Rodas Martín, Director del Boletín 89

1948. La segunda guerra mundial ha acabado hace tres años, y Europa, tanto la vencedora como la vencida, está en ruinas. Al otro lado del Atlántico, los Estados Unidos de América, vencedores, se alzan como potencia, y, como tal, buscan ganarse aliados. La Unión Soviética está demasiado cerca de Europa Occidental y tiene bajo su control buena parte de Europa del Este, además de sus zonas de influencia en Alemania. El objetivo, por tanto, de los EE. UU. es claro: ganarse el favor a la Europa Occidental. ¿Cómo? Contribuyendo a su reconstrucción. A fin de cuentas, de las economías vencedoras, la estadounidense, que es la que menos había sufrido en su propio territorio las consecuencias de la guerra, puede llevar a cabo grandes inversiones en territorio europeo, así como permitir la aparición de Estados del bienestar que frenen las ansias revolucionarias, movidas por las cercanas sinfonías soviéticas, del proletariado del viejo continente. Nace el plan Marshall.

            La Guerra Fría, Eurasia y la UE. EE. UU. lucha por convertirse en potencia hegemónica. Libra una guerra indirecta (que los historiadores han venido en llamar Guerra Fría) contra la URSS, contra-hegemón que amenaza su voluntad de erigirse en imperio de un mundo en vías de globalización. El realismo político (la “realpolitik”) copa las discusiones estratégicas, y, cuando en las inmensas llanuras asiáticas, China y la URSS tejen vínculos de amistad, las alarmas en Washington se disparan: si los soviéticos controlan el Hearthland, controlan el mundo. La teoría del Hearthland, desarrollada por el político conservador británico Mackinder, defiende, a grandes rasgos, que quien controla el espacio geográfico que va desde la Europa del este hasta el Mar de China, controla el mundo. Para los EE. UU. en Guerra Fría, urge que China y la URSS no establezcan relaciones de amistad. Lo consiguen. El bloque del Este, en los 80, se deshace mientras China se convierte en la proveedora de mano de obra barata para el mundo occidental. La UE (entonces Comunidad Económica Europea) se convierte en una realidad política y económico-comercial que, conforme desciende el miedo de contagio soviético, abandona sus compromisos sociales y entrega su política internacional al albur de los EE. UU. Cumbre de este proceso: la rápida y, al cabo, problemática incorporación (fuertemente apoyada por el Reino Unido) de los países del grupo de “Visegrado” (Hungría, Polonia, Chequia y Eslovaquia) a la UE, con estrechos vínculos estratégicos con los EE. UU., dada su situación fronteriza con el ya caído telón de acero. Despunta, allá por los 90, en el oeste, un imperio incontestable que, consciente de su papel, define la política mundial de un mundo globalizado, camino de una revolución tecnológica que todavía hoy no se ha detenido.

            EE. UU. se desfonda. Donald J. Trump es elegido presidente en 2016: anuncia una guerra comercial con China para proteger a los trabajadores industriales estadounidenses. China se prepara. Anuncia una “Nueva Ruta de la Seda” que conectará de punta a punta Eurasia a través de acuerdos comerciales. Principal baza china en el viejo continente (y que hace saltar suspicacias entre dos líderes de la derecha populista: Trump y Salvini): el sí de Italia, siempre cercana a las influencias orientales. Por su parte, España, de carácter atlantista, rechazó unirse a la ruta. Vuelven a olerse vientos de guerra tácita, de Guerra Fría, entre dos potencias con vocación de hegemonía. Pero EE. UU. se muestra inane en esta nueva fase de desarrollo económico. Las manufacturas occidentales trasladadas a China han permitido a la República Popular reinvertir sus beneficios en las tecnologías de la información y la comunicación: dominan así la red 5G y la denominada “economía de los datos”. EE. UU, por el contrario, al igual que la UE, no sigue el paso al gigante asiático. El conflicto con la marca china Huawei en 2019 se enmarca en esta pugna por la vanguardia tecnológica. En resumen, lean la parte trasera de algún dispositivo Apple: “Designed in California, assembled in China” (diseñado en California, montado en China).

            2019-20. En China surge un agente viral: el COVID-19. Comúnmente, Coronavirus. La ciudad de Wuhan queda sitiada. El mundo occidental, encabezado por EE. UU. mira con preocupación, pero ríe. El problema es lejano, se percibe como algo ajeno. Con el COVID-19 se genera la perfecta crisis sobre China: golpe a su economía y posibilidad de frenar en el imaginario colectivo el modelo de una China como imperio autoritario, pero a la vez eficaz, rico e imparable. En palabras del periodista de La Vanguardia, Enric Juliana: “El retorno de Fu Manchú” (villano de comic, de principios del siglo XX, caricatura de todos los males y complejos de lo oriental). Pasan las semanas, la cuarentena de Wuhan sigue siendo vista como una excentricidad propia de una película de ciencia ficción. No obstante, los expertos epidemiológicos avisan del riesgo de pandemia mundial: los contagios, aunque reducidos, empiezan a recorrer el mundo, con especial incidencia en Europa. Los acontecimientos comienzan a precipitarse. Italia se convierte en el farolillo rojo. Por la ruta de Marco Polo, por Venecia, la situación se descontrola. Se toman medidas de excepción, el norte de Italia queda confinado, el Estado recupera materialidad y el “uso legítimo de la fuerza” que se le atribuye, se hace consistente ante la mirada incrédula, barnizada por años de películas postapocalípticas, de la población. Los sucesos se desencadenan: la OMS reconoce la pandemia mundial. Estados de alarma, confinamientos, suspensión de las actividades docentes… La UE no emite nada: los Estados toman la voz cantante: desde las medidas drásticas españolas o italianas, pasando por la tardanza francesa, hasta la pasividad casi absoluta del gobierno británico. Económicamente, no obstante, algunos gobiernos de los estados miembros parecen haber aprendido la lección de la crisis de 2008: la crisis se solucionará con gasto público. Es decir, vuelve el keynesianismo, el invento europeo que trajo los estados del bienestar.

            China, por su parte, con el virus ya bajo control actúa mientras los EE. UU. se sumergen en una crisis sanitaria para la que su segmentado sistema de seguros privados no parece estar preparado. El sarcasmo de los EE. UU de los primeros compases del virus se diluye mientras China ofrece ayuda a Italia y España en forma de necesario y escaso material sanitario. China se prepara, en resumen, para acariciar el trono imperial desde el este: conectada de forma fluida con el Kremlin, con una economía pujante y puntera basada en las redes 5G y los datos, y con la capacidad de intervenir activamente en el mundo (especial atención a su papel a jugar en América Latina).  Tras la superación de los primeros compases de la pandemia en su país, China pone en práctica el significado de la palabra crisis, 危機 (wei-chi: peligro y oportunidad). Se encuentra en una posición inmejorable para poder lavar su imagen internacionalmente.

En la España de posguerra, para solicitar las delicias de la ayuda norteamericana, Luis Gª. Berlanga introdujo en su película “Bienvenido, Mr. Marshall” la famosa canción: “Americanos, os recibimos con alegría…”. El realismo político, de nuevo de moda, aconsejaría modificar el gentilicio de la canción para prepararnos para el poder que se avecina y que la crisis sanitaria que hoy padecemos trasluce de forma brillante. En Italia, las personas confinadas no han dudado en radiar desde sus balcones el himno de la República Popular China.

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