El Euro desde la Economía Crítica. Pensando en Europa tras la pandemia


Claudia Gallego Ariño

La Unión Europea, ese selecto club del que formamos parte, dio sus primeros pasos estratégicos a finales de 1960, cuando surgieron nuevas fases de integración materializadas en el deseo de crear una unión económica y monetaria (UEM). Esto viene a significar una coordinación de políticas económicas y fiscales, una política monetaria común y una moneda común, el euro. Debido al convulso contexto histórico, no fue hasta 1979 cuando se puso en marcha el Sistema Monetario Europeo (SME). Aunque funcionó con éxito durante más de un decenio, los dirigentes europeos decidieron probar este proyecto sin precedentes y siguieron su período preparatorio de tres etapas (1990 a 1999) para la unión económica y monetaria y la zona del euro. El resultado fue fructífero, ya que el euro se lanzó finalmente el 1 de enero de 1999 y entró en funcionamiento en 2002. Esta moneda única provocó una ola temporal de euforia, con mucho dinero fluyendo hacia naciones como España y Grecia; luego, la burbuja explotó. Sin embargo, mientras que algunos países como Islandia pudieron recuperar la competitividad devaluando sus monedas, las naciones de la zona euro se vieron forzadas a una depresión prolongada, con una tasa de desempleo extremadamente alta, mientras luchaban por sobrevivir entre tijeretazos.

En mi humilde opinión, esta experiencia nos ha enseñado dos lecciones principales: que la economía en general, y el euro en particular, son el resultado de la política; y que la UEM sigue siendo un experimento que puede no ser lo suficientemente fuerte para hacer frente a una crisis profunda. Por esta razón, después de mencionar brevemente sus ventajas y debilidades, voy a utilizar la tesis de la economía crítica para proponer un posible modelo económico alternativo al actual enfoque liberal. 

Los partidarios del euro, la segunda moneda más utilizada en todo el mundo, sostienen que la moneda única ofrece muchas ventajas, como facilitar a las empresas el comercio internacional, una mayor estabilidad económica, una mayor cantidad de opciones y oportunidades para los consumidores, y también da un sentido de comunidad, ya que el euro es el resultado tangible de un largo proceso de integración europea. A este respecto, el Banco Central Europeo (BCE) desempeña un papel fundamental, ya que es uno de los bancos centrales más importantes del mundo, que gestiona el euro y enmarca y aplica la política económica y monetaria de la UE. Su principal objetivo es mantener la estabilidad de los precios, apoyando así el crecimiento económico y una baja inflación. Además, el Pacto de Estabilidad y Crecimiento se estableció para prevenir las consecuencias negativas de las políticas fiscales o para corregir los excesos presupuestarios o las cargas excesivas de la deuda pública.

Sin embargo, la cara oscura de la moneda no es la estabilidad, sino el crecimiento, la desigualdad y el compromiso. No solamente el crecimiento de la UE desde 1990 ha sido sólo de alrededor del 2%, sino que los efectos de la crisis han sido mayores para algunos países (Portugal, Grecia, España, Italia, etc.) que para otros. Además, los miembros actuales (Alemania y Francia entre otros) ni siquiera cumplen con los criterios para unirse al euro; otros estados como Suecia no ven el momento de implementar esta moneda; y una literatura emergente contra el euro ha ido ganando fuerza tras la dramática experiencia de la crisis. Incluso Delors dijo en una entrevista de 2011 que “los esfuerzos para superar la crisis por la que atraviesa la zona euro han sido pocos… Los errores cometidos están en la propia creación del euro cuando se lanzó en 1999…”. 

Esta última reflexión me hace pensar que, aunque debemos reconocer el relativo éxito de la UEM, no tenemos que dejar de soñar en grande y de explorar nuevas formas de hacer política. Y creo que la tesis de la Economía Crítica puede ayudarnos a imaginar nuevos caminos. Este movimiento, que nació en el año 2000 en la Sorbona, abarca todo el pensamiento crítico en el campo de la economía, respondiendo a los grandes desafíos mundiales como el aumento de la desigualdad, las amenazas del cambio climático y la destrucción ecológica. Más concretamente, subraya la necesidad de que los enfoques neoliberales sean sustituidos por otras visiones mucho más plurales e interdisciplinarias, que permitan revisar los fracasos que ha cometido la economía neoliberal. En su crítica a nuestro sistema actual, argumentan que el neoliberalismo desempeña el mismo papel que la Iglesia Católica en la Edad Media, defendiendo sus teorías como verdades de fe irrefutables, y utilizando muchos tecnicismos, en su intento de desvincular la economía de la política.

Aunque a priori pueda tildarse de radicalismo, no es disparatado pensar que las economías poderosas aplican medidas mirando por determinados intereses y no por el interés general (postulando que el déficit público es malo, que hay que bajar los salarios a toda costa), con relativa indiferencia por los daños sociales y ecológicos, alegando que no hay otra alternativa.

Sin embargo, como postulan economistas como Eduardo Garzón y sus colegas, el problema no radica en que no haya otras vías de gestión económica, sino en la correlación entre las fuerzas que tienen el poder y su voluntad política. El BCE representa un interesante ejemplo, pues al igual que crea dinero para los bancos, podría hacerlo para el gasto público. Pero, como se mencionó anteriormente, el objetivo de esta institución no es garantizar un estado de bienestar, sino cumplir con los principios del modelo dominante, garantizando la estabilidad y reduciendo la inflación.

Por lo tanto, cabe reafirmar que, aunque las facultades de economía sigan presentando el modelo liberal como el único posible y viable, se aleja bastante de la realidad. Existen muchas otras doctrinas bastante alejadas de los economistas clásicos que no interesan ser impartidas, y cabría cuestionarse por qué. Finalmente, recordemos que incluso Stiglitz afirmó que “ninguna economía se ha recuperado nunca de una crisis con austeridad, ya que ésta empeora las cosas”. La actual pandemia ha demostrado que los pájaros en mano están sobrevalorados, pues dejando volar la voluntad política de las instituciones y las personas, pequeños avances son posibles.

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