Europa en el enclave indo-chino


Sofía Zambrano Álvarez

El encuentro informal que reunió a  Xi Jinping y Narendra Modi en Wuhan en abril de 2018 auguraba un futuro prometedor en las relaciones sino-indias. Ambos mandatarios acordaron entonces que una mejor comunicación era necesaria para fortalecer la relación en ámbitos como la economía y comercio en la región. Sin embargo, las expectativas de la comunidad internacional estaban puestas en una mejora del mecanismo de seguridad que regula la frontera entre India y China, la misma que, apenas un año antes, había albergado un incidente en Doklam.

El área de Doklam se ubica en el lado indio de la línea de McMahon:  históricamente uno de los puntos geográficos más tensos en el mundo. Trazada en 1914 mediante un acuerdo entre el territorio autónomo del Tíbet y la India Británica, esta demarcación territorial nunca contó con el reconocimiento oficial de China. Consecuentemente, las Fuerzas Armadas de ambos países pululan alrededor de la Línea de Control Real (LAC, por sus siglas en inglés), que es la frontera efectiva alrededor de la línea de McMahon. Si bien el célebre líder indio Jawaharlal Nehru creía en unas India y China fuertes en la región, el curso del siglo XX, con la Guerra sino-india en el 62 y otros encuentros violentos, ha demostrado que una paz sostenible es problemática teniendo en cuenta las ambiciones geopolíticas de las respectivas élites políticas de ambos países.

A pesar de las claras hostilidades mutuas, en la frontera no se había producido ninguna muerte oficial desde el conflicto de 1967 – cuando alrededor de 500 soldados chinos e indios murieron en enfrentamientos luego de que India empezara a cercar territorio que consideraba de su soberanía. Esto cambió el pasado mayo, cuando 20 soldados indios murieron a manos del ejército chino en una escalada de tensión en diferentes puntos de la Línea de Control. Desde entonces, ambos países se han rearmado considerablemente en la frontera, y ambos gobiernos han hecho declaraciones desmintiendo acusaciones mutuas: el gobierno chino acerca de su responsabilidad en el estallido de violencia, e India acerca del avance del ejército chino hasta 23 mil millas cuadradas dentro del territorio indio.

En Europa, autoridades como el Ministro de Asuntos Exteriores alemán, instaron tanto a China como a India a la desescalada, sabiendo que ambos países, los dos más grandes del mundo, poseen las capacidades militares para iniciar un conflicto catastrófico desde todos los puntos de vista en la región. Conscientes de las dificultades de un predominio de la República Popular China, la Unión Europea y Estados Unidos han intentado aumentar su presencia en Asia, fortaleciendo y promoviendo relaciones con otros socios para generar y mitigar la creciente dominación China. En este sentido, India firmó a principios de junio un acuerdo que le permite usar las bases militares de Australia, iniciativa que se suma al Quad -Diálogo de Seguridad Cuadrilateral-, que agrupa a India, Japón y Estados Unidos, en un esfuerzo por contrarrestar el poder chino en la región.

También en las organizaciones multilaterales India ha incrementado su relevancia, al resultar elegida como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas hace unas semanas, y tras conseguir la presidencia de la Junta Ejecutiva de la Organización Mundial de la Salud, desde donde ahora apoya fervientemente una investigación sobre los orígenes del Covid-19 que China intenta bloquear.

Justamente el contexto de la crisis sanitaria ha hecho de India un actor aún más atractivo para los aliados occidentales que desde hace años intentan generar un contrapeso al Gobierno de Xi Jinping en Asia, en especial para Estados Unidos; Donald Trump, que por vía activa emprendió la Guerra Comercial con China para reducir a la potencia asiática, no ha sido tímido en su acercamiento al país del Primer Ministro Modi. En una visita a Ahmedabab el pasado mes de febrero, Trump aseguraba que “América ama a India”, y, mientras por un lado se iniciaron conversaciones sobre un acuerdo de comercio, por el otro lado el mandatario norteamericano suscitó ideas acerca de políticas cada vez más anti-China.

Es evidente que la crisis que brotó en Wuhan a finales de 2019 ha puesto al gobierno chino en el foco de las críticas, desacelerando – aunque momentáneamente – su rampante predominio. Mientras los liderazgos mundiales intentan restablecer y reconducir las economías en la desescalada, hay grandes incógnitas acerca de la rendición de cuentas por parte de China, y el reto que eso supone para la gobernanza global. Este contexto arroja a una Unión Europea presionada en su postura, difícil: intentando abordar al gigante chino en su retrotraída postura, así como al sensacionalismo de Donald Trump en la balanza internacional.  

Por lo pronto, Josep Borrell ha descartado rotundamente cualquier alianza transatlántica que se oponga abiertamente al poder chino, condenando cualquier rivalidad con Pekín, y mostrándose optimista frente a una agenda de cooperación UE-China. Al mismo tiempo, Borrell aclaró que los 27 no tomarán partido en la disputa entre China y Estados Unidos, optando por el multilateralismo y la cooperación.

La acción diplomática de Europa se probará decisiva los próximos meses, mientras continúa esta histórica tensión indo-china que llevó al antiguo Secretario de Exteriores indio a aseverar que, en las circunstancias actuales los países deberán escoger entre China y Estados Unidos, y que, “en la era post-Covid, disfrutar de lo mejor de dos mundos podría no seguir siendo una opción”.

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