Europa Superstar


David Rodas Martín, director.

Hay carreteras que hablan de un país que fue. Hay polideportivos que siguen contando las delicias de un tiempo donde España protagonizaba Juegos Olímpicos, Exposiciones Universales, donde era fácil hacerse rico, donde se podía decir a gritos que Madrid era la capital de Europa. Llovían los fondos de inversión, la pana se apolilló en el armario de la Moncloa de Felipe González y todo era sol y todo era ladrillo. Jesús Gil en su jacuzzi y Maastricht sin rechistar.

            Dicen las carreteras que, la otra noche, en una autovía de aquellas que crecieron sobre las inversiones europeas y que lucen vacías en medio de la España vaciada, cruzó un coche con un grupo de jóvenes en su interior. Conversaciones frugales de una noche de verano. Qué será de ellos en el futuro; qué harán una vez acaben la carrera; los sueños -por necesidad- de salir de allí, del pueblo, de España; la perspectiva de un verano sin fiestas populares. Ya no se podrá ni cantar que en Madrid no hay playa. Luego, supuso la carretera achacosa entre desperfectos sin reasfaltar, la comitiva pararía en el polideportivo del pueblo de al lado, vacío, pero grande e iluminado; o en el mirador que solo se llena con los turistas en fin de semana; o quizá en alguna de esas urbanizaciones nonatas, sin casas o con casas vacías, con calles asfaltadas y alumbrado público, abandonadas desde 2008. Una velada nocturna entre las ruinas de la vieja Europa, la que hizo a España lo que es hoy.

            Estas ruinas dan vértigo porque, tras el salto modernizador experimentado por las generaciones nacidas entre los 60 y los 70 (los que con más fidelidad votan al PSOE), el frenazo aspiracional ha sido en seco. Se pasó de jugar en escombreras a jugar en pistas homologadas de fútbol 11. De la carretera nacional contemplando los traseros de mil camiones a las amplias autopistas sobre viaductos, del ferrocarril (en Extremadura, ahí siguen) a la radiación madrileña del AVE. Modernidad, futuro y horizonte. España liberada de sus males endémicos por la fecundidad inversora de una Europa brillante.

            Estos jóvenes, de una generación que padece las mayores tasas de ansiedad y depresión en edades tempranas, contemplan este edificio decadente y se percatan de sus inconsistencias: ya no hay más. No habrá más carreteras, porque sobran y necesitan inversiones para sobrevivir; no más polideportivos, faraónicos, inútiles; ni nuevos callejeros urbanos cuando hay calles con farolas y contadores de luz y agua, pero sin casas. Europa pierde brillo, pierde el sello de la modernidad, pierde ser horizonte. Es jodido percatarse de que se vive en un continente determinado por las generaciones envejecidas, longevas y mayoritarias; donde el horizonte se ha pauperizado, si no desaparecido; en el que el modelo que se dio por válido para progresar, modernizarse, para prosperar, ha fracasado. “Vimos amanecer, vimos la tempestad. Luego el temor, después la decadencia. Europa Superstar”.

            Ahora, sospechan las quejumbrosas carreteras, después de una pandemia que, tras una crisis en 2008 que hizo ignoto el largo plazo, ha deshecho las seguridades del corto plazo, la UE planea un fondo de inversión que ponga en marcha las economías europeas después de la asfixia anti-expansionista de los últimos diez años. No habrá, o es esperable que así sea porque el fondo previsto no es boyante, nuevas megalomanías de modernización acelerada (aunque los planes trazados en la región madrileña y la nacionalidad andaluza, gobernadas por la derecha, apuntan, de nuevo, a dinámicas de desarrollo urbanístico desenfrenado). Pero puede haber, y es importante para los jóvenes que la otra noche deambulaban por ruinas de un pasado que no recuerdan, una ventana de futuro que no les ahogue entre la precariedad, la ansiedad o el desempleo. Todo dependerá de la política y, concretamente, de la reforma fiscal y económica que España, con el imprescindible concurso de Europa, deberá realizar en el medio plazo. Toca, después de sacrificarla para construir carreteras, urbanizaciones y polideportivos, volver a hablar de industria. A la que habrá que añadir el adjetivo “verde”.

            De vuelta a casa, la juventud, errante en un vehículo, volvió a recorrer la magullada carretera. En el fondo, entre la aparente intrascendencia de sus conversaciones, desearían construir un país que será, lejos de carreteras que cuentan viejas y obsoletas leyendas de prosperidad. Qué será de ellos en el futuro; qué harán una vez acaben la carrera; los sueños -por necesidad- de salir de allí, del pueblo, de España; la perspectiva de un verano sin fiestas populares. La carretera sobre la que pasaron de vuelta a casa, la otra noche, dice que escuchaban una canción de la Casa Azul. Acabarán brindando por la fatalidad, a la salud de la vieja Europa, mientras, como les toca aprender lo que es la economía de los cuidados, más imprescindible que nunca, buscarán que se les dé calor, ya verás. Nada más.

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