Historia de dos carreteras


David Rodas Martín, director

Es común que las autovías dejen en sus márgenes trazados asfaltados de lo que en otro tiempo fueron. Las carreteras nacionales, embriones de las europeizadas carreteras de hoy, discurren silentes, peligrosas, y monocarriles al ojo del viajero que, aun a 120km/h, transite las espaciosas y monótonas autovías del país. A veces se pierden tras algún monte, o transitan una serie de kilómetros paralelas, otras atraviesan un pueblo que los nuevos trazados circunvalan. Son otros caminos. Más viejos, más gastados, de un asfalto menos negruzco, más quemado por el sol. Otra manera de conectar hoy pueblos, una manera remota de llegar a la costa, lenta, calurosa y renqueante, el recuerdo de la tortura de no poder adelantar. Abundan en ellas los convoyes de mercancías.

Estos caminos abandonados, olvidados o de asfalto desgastado por el sol, dejados a la vereda de nuestras travesías veraniegas, son las heridas más visibles de aquel salto adelante que este país dio después de la dictadura. Si el abandono de caminos y campos, los incendios, son la cangrena de la herida de la despoblación rural de los 50 y 60, las antiguas carreteras nacionales que recordamos con pereza y se solapan entre paisajes, autovías y camiones, son la herida supurante del salto adelante que los años 80 y 90, la modernización de la mano de Felipe González, trajeron a España. Plan de Estabilización de 1959 y Fondos de Cohesión Europeo como explicaciones de fondo. Una loca carrera por el crecimiento acelerado y la especulación inmobiliaria como corrupto producto del proceso. Barriadas en el Puente y promociones de PAU a medio construir en el Ensanche de Vallecas , como epitome ideal de cuarenta años de historia.

Las heridas profundas son, así, las del paisaje. Ya no recordamos los árboles que talaron para hacer barcos, ni las desamortizaciones del siglo XIX que hacen que medio entramado urbano rural de España, aun hoy, se esté cayendo a cachos. Sin embargo, estas heridas de asfalto y ladrillo aún duelen, porque aún las recordamos. Nos apelan, igual que, cada vez más desde el silencio, nos apela el campo quemado o, memoria, las flores atadas al mástil de un quitamiedos y que hablan de una guerra que es paisaje en este país.

Vivir es ver volver, decía el Azorín observador. Por esto solo con dinero suturará la herida de las carreteras. Quien a plata mata, a plata muere. Pero nada vuelve igual, sino rimando. Ya en España no es fácil hacerse rico mientras viejos estudiantes revolucionarios cambian la pana por la americana a medida. Europa ya no es un cohete hacia las estrellas, sino un flotador para soportar el temporal, no para imaginar en dorado, sino para poder imaginar. El dinero del fondo Next Generation EU servirá para suturar heridas sociales que se llevan abriendo, de forma dramática, desde 2008. Servirá para dibujar un nuevo horizonte, necesariamente verde (¿quién sabe si las antiguas nacionales más desvencijadas no se podrán convertir en pistas de senderismo, carriles bicis o renovadas vías pecuarias?) sobre un futuro que ya no brilla, para cicatrizar esa brecha que otros fondos europeos ayudaron a agrandar. Solo del desenlace definitivo de esta historia surgirá una historia para las nuevas generaciones de España en Europa. Esta es la historia que nos toca contar a nuestras generaciones mayores. En Europa, saturada de mitos, hasta las carreteras son ya museos.

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