La derrota de Calviño y la asimetría europea


Fotografía de El Comercio.

Pablo Cerezo Alpresa

“Alcanzar un acuerdo sobre el fondo de reconstrucción no va a ser algo fácil”, afirmaba este lunes el primer ministro holandés Mark Rutte tras su reunión con Pedro Sánchez. Lo cierto es que la derrota de Nadia Calviño la semana anterior dificulta incluso más la reconstrucción de la Europa poscovid. O al menos para aquellos que veían en esta crisis la oportunidad de huir de la senda que se siguió en 2008 para profundizar en el proyecto europeo.

La elección del Eurogrupo el pasado jueves era una jornada crucial para el futuro de la Unión Europea, y sin embargo estaba llena de paradojas:

En primer lugar porque la victoria de Nadia Calviño, que muchos daban por descontada -quizás demasiado pronto conociendo la complejidad del tablero político europeo-, no suponía de antemano una gran victoria y, sin embargo, su derrota sí que es una enorme pérdida. Calviño, aunque podía traer una visión más cercana a la realidad de los países del Mediterráneo, sigue siendo una defensora de la ortodoxia económica europea. No obstante, para aquellos que defienden una Unión Europea alejada de las medidas que siguieron a 2008, los techos de gasto y la austeridad, la española era el siguiente paso en ese largo camino. Su derrota nos acerca aún más a la Europa que defienden los halcones: una “unión” basada en la competición fiscal y el sálvese quien pueda.

Había mucho en juego en la presidencia del Eurogrupo, no solo porque es el órgano que marca la agenda económica europea. Sino también porque la presidencia encabezará las negociaciones del fondo de reconstrucción, donde se decidirá sobre la mutualización de la deuda y sobre si el rescate se da a fondo perdido con ánimo de inversión o en forma de créditos a cambio de ajuste de gastos. En definitiva, sobre qué camino seguirá la recuperación económica europea en esta nueva normalidad.

Hay dos ejes que ayudan a explicar con mayor detalle lo que estaba en juego con la presidencia del Eurogrupo. En primer lugar está el geográfico. Desde que el tándem franco-alemán entendió que el futuro de la UE pasaba por el sur de Europa, se ha transformado de norte-sur a países grandes-países pequeños. Los primeros responden por un 80% de la población y del PIB de todo el Eurogrupo y, sin embargo, (segunda paradoja de la jornada) han sido incapaces de imponer su candidata.

El otro eje, que responde a la división de los grupos parlamentarios entre el Partido Popular Europeo y el bloque Socialdemócrata, complica aún más el tablero europeo. La cual responde a dos proyectos sobre la Unión que, si ya eran opuestos, se han alejado aún más bajo el prisma de la pandemia. Mientras que los países del Mediterráneo defienden una Unión basada en la solidaridad y en compartir los riesgos y  las consecuencias de esta crisis, su análogo en el norte, la llamada “nueva liga Hanseática”, reniega de una mayor integración y defienden la competición fiscal de cada Estado.

Además, más allá del fondo de reconstrucción, la elección de Donohoe supone la victoria clara de todos los países que en mayor o menor medida actúan como paraísos fiscales para el resto de la zona euro como Irlanda, Holanda o Luxemburgo. En segundo lugar, la llamada “tasa Google”, que supone mayor control y subida de impuestos a las grandes corporaciones de Syllicon Valley, queda cada vez más lejos al ser el candidato irlandés uno de sus grandes detractores. Por todo ello, en última instancia, lo que estaba en juego con la presidencia del Eurogrupo era profundizar o no en el proyecto europeo. Y con la elección del irlandés, la Unión Europea es un poco más débil.

Lo enumerado evidencia tres claves que habrá que atajar antes o después. En primer lugar, hay un desequilibrio de poder claro en la zona Euro, y la balanza sigue siendo contraria a los países del Sur. Además el eje franco-alemán ya no cuenta con la fuerza de antaño. En la misma línea, el hecho de que los países que solo representan un 20% de la población de la zona euro tengan tanta capacidad de decisión no deja de mostrar ciertos déficits democráticos que laceran mucho la imagen europea. Por último, habrá que plantear que una Unión Europea más democrática solo será alcanzable cuando se haya logrado una unión fiscal previa, porque para que la integración europea suceda, esta tiene que ser plena.

Esto nos lleva ante la tercera y última paradoja: va a resultar muy complejo abordar estos problemas a través de los mecanismos de los que dispone la propia Unión Europea, y, sin embargo, no parece haber alternativa a corto plazo.

“Europea se la juega” titulaba Pedro Sánchez en Abril en su tribuna de El País. Son muchas las claves que dejaba el presidente Español en este artículo. Entre ellas, resalta la siguiente: “sin solidaridad no habrá cohesión, sin cohesión habrá desafecto y entonces la credibilidad del proyecto europeo quedará gravemente dañada.”

En efecto, la proclama tantas veces repetida intramuros de que “solo nos salvamos si nos salvamos todos” también se aplica al proyecto Europeo. Desgraciadamente, esa Unión Europea solidaria y responsable parece un poco más lejana tras la derrota de Calviño, y sin embargo sigue mereciendo la pena luchar por ella.

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