La política exterior española hacia Asia: ¿una oportunidad perdida?

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Tasio Ayensa Sánchez, presidente del capítulo español de 89Initiative

No debería sorprender al interesado en las relaciones internacionales o al lector habitual de prensa diaria la afirmación de que el centro de gravedad de la sociedad internacional se está trasladando lentamente hacia el continente asiático. El ascenso internacional de China se suma al importante peso de Japón y de la India (entre ellas conforman la segunda, tercera y sexta economías mundiales, respectivamente), resultando en el continente donde viven la mayor parte de los habitantes del planeta, se fabrican la mayoría de sus productos y se fraguan buena parte de los anhelos de influencia en la sociedad internacional. Una realidad a menudo desatendida por el mundo occidental, convencido de su perenne liderazgo, un imperturbable reflejo en nuestras mentes de la creencia de haber extendido nuestras costumbres y modo de vida por el mundo, con éxito y de manera definitiva. Nada más lejos de la realidad.

No existe el fin de la historia en las relaciones internacionales, sino una constante evolución, lentamente dirigida por las idiosincrasias nacionales, el contexto internacional compartido y los imprevisibles coletazos de la naturaleza y el azar. Por ello resulta sorprendente la actitud exterior de muchos países occidentales ante el actual rumbo internacional, que, ya sea por una ceguera autoinfligida o por un difuso temor de deslealtad hacia el pasado (reflejado en un guion atlantista del que salir supone un individualismo aparentemente inaceptable), no parecen modificar su política exterior en consonancia con lo que el buen pragmatismo sugeriría. Una situación que, siendo el caso que nos ocupa, bien se puede apreciar en España.

Siendo una de las economías más importantes del mundo (España se encuentra dentro de las 15 primeras economías del globo y es la cuarta potencia con mayor PIB dentro de la UE), ha relegado, guiada únicamente por nuestra historia nacional, los objetivos a corto plazo y las impresiones y prejuicios nacionales, las relaciones con los países asiáticos a un puesto menor, claramente subordinado a otras regiones más inmediatas en tiempo y alcance como África o el Mediterráneo o a las relaciones atlantistas y latinoamericanas. Unas relaciones apenas atendidas, puramente reactivas, e incentivadas, llegado el caso, por situaciones ajenas a España, cuya mayor preocupación ha sido el déficit comercial que nuestro país mantiene con el continente asiático. Pero la realidad es que, además de por razones más cercanas a lo que los tiempos actuales demandan y por cerrar la incongruente etapa de aislamiento español frente al continente asiático, nuestro país debería cuestionarse la importancia de estas relaciones. No en vano, existen múltiples lazos que unen a lo largo de la historia a España con el continente asiático, apenas cultivados e ignorados por gran parte de la población.

Sirva de ejemplo Coria del Río, un municipio andaluz sui generis que bien podría considerarse un pedazo de Japón inmerso en lo más profundo de España, fruto del viaje y asentamiento del samurái y diplomático Hasekura Tsunenaga en el siglo XVII, y objeto de visita del actual emperador Naruhito en 2013 para conmemorar los 400 años de relaciones hispano-japonesas; así como los reflejos entre dos terribles conflictos pertenecientes a la primera mitad del siglo XX: la guerra civil española y la segunda guerra sino-japonesa, donde los contendientes en cada punta del continente eurasiático miraban al otro extremo para identificarse mutuamente. Por un lado, el bando franquista se identificaba con el japonés mediante la denominada ‘’lucha contra el comunismo’’ (aunque los principales asesores de Chiang Kai-check fueran alemanes e italianos y las ideas totalitarias encontrasen una buena acogida entre los militares chinos), mientras por el otro los republicanos españoles asumieron las victorias chinas como propias, al mismo tiempo que los comunistas chinos utilizaron lemas como ‘’No pasarán’’ o el ejemplo español para proponer al Guomindang la defensa conjunta de Hankou, la capital tras su expulsión de Nanjing. Por no mencionar la presencia española en Filipinas durante más de 300 años, resultando en un pasado similar al que España posee con Latinoamérica, que, sin embargo, no ha sido cultivado con la misma intensidad.

Un valioso contexto que bien podría servir para complementar unas relaciones económicas, culturales y políticas, llevando estas a nuevas cotas cualitativas y no tanto cuantitativas, ayudando a España a constituirse como un socio prioritario para el continente asiático y a adaptarse a un futuro bastante plausible. Mediante la utilización de instrumentos de política exterior como la promoción cultural, con múltiples y atractivos caballos de batalla como el Instituto Cervantes, corazón del cuarto idioma más hablado del planeta y enlace con las múltiples inversiones asiáticas en Latinoamérica y España; o la potenciación de la Alianza de Civilizaciones, se podría buscar un nuevo encaje de la realidad española en este continente, en vez de la tradicional competición económica, abocada al déficit por puras razones aritméticas. 

Encontrando una nueva forma de hacerse un hueco en los mercados asiáticos y dejando atrás la competencia con una industria y unos procesos manufactureros que resultan mucho más baratos en los lugares de destino que en nuestro país, potenciando quizás nuestras ventajas comparativas y nuestra realidad geográfica, como lugar de tránsito de vital importancia en el Mediterráneo y entre Europa y África, España debería cuestionarse los beneficios de entrar a formar parte de la Nueva Ruta de la Seda china, de la que Italia y Portugal ya forman parte. De otra forma, ya sea por motivos diluidos en una política exterior extremadamente rígida o por la percibida adhesión sin fisuras a una realidad que está dejando de ser dominante, España correrá el riesgo de quedar en la estacada internacional una vez más, de llegar tarde a una cita para la que de momento mantiene una envidiable invitación y de ser eclipsada por sus vecinos. Un error por el que ya hemos pasado en varias ocasiones a lo largo de la historia, y que no deberíamos volver a cometer.

Únicamente mediante la renovación de una estrategia de política exterior hacia el continente asiático durante los próximos años podrá España mantener su posición en la sociedad internacional y convertirse en un ansiado socio para muchas de las grandes potencias que convierten nuestra sociedad internacional en un ejemplo de multipolaridad. Solo gracias a la definitiva superación de la estrategia de política exterior adoptada durante la primera década de los 2000, claramente diseñada para amoldarse a la hegemonía estadounidense, encontrará España su sitio en el concierto de naciones de los próximos años.

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