La Unión Europea ante el coronavirus


¿Requieren las situaciones desesperadas respuestas desesperadas?

Tasio Ayensa Sánchez, Presidente del Capítulo español de 89 Initiative

La Unión Europea tomó una drástica e inédita medida el pasado martes 17 de marzo al clausurar el espacio europeo, con la intención de frenar la, hasta el momento, vertiginosa expansión de la COVID-19. Es la primera vez en la historia que una acción de este calibre tiene lugar, y, déjenme recalcar esto, no solo ha acontecido de una forma que ninguno pudimos imaginar hace seis meses, sino que posiblemente tenga un impacto en el futuro que ninguno podemos prever en este momento. 

Tras la falta de reacción inicial del ejecutivo europeo, que se limitaba a presenciar expectante el desarrollo de los acontecimientos (como si de algo ajeno a él se tratara) llega ahora este sálvese quien pueda que, muy a mi pesar, hará mella en la integración europea y que no hace sino confirmar la falta de preparación del Consejo.  

Aunque efectivamente se trata de una respuesta conjunta de la UE ante este nuevo desafío, lo que, al fin y al cabo, supone cierta unidad de propósito, y sin querer negar la extrema complejidad e imprevisibilidad de la situación, este cierre de fronteras solo ilustra la falta de control y anima a ‘’lavar los trapos sucios en casa’’ a los Estados miembros. Algo que ya ha tenido sus primeras repercusiones en países como Hungría, que, alentada por esta nueva ola de temor y desconfianza ha cerrado sus fronteras, ya sea a extracomunitarios o a europeos, o en la exportación de suministros médicos, gravemente limitada por varios Estados miembros.  

Desde un punto de vista internacionalista, el cierre de fronteras no parece coadyuvar en absoluto a los objetivos de la Unión Europea. Para un propósito declarado como ‘’Hacer que la voz de Europa se oiga mejor en el mundo’’ (COM-97. 2000 final) clausurar el espacio europeo supone dar un paso atrás en la carrera hacia el liderazgo internacional por la imagen que proyecta de descontrol y de creciente opacidad para con sus socios internacionales. Sumado a la aparente incapacidad de organizar una respuesta colectiva de importancia y de coordinar las acciones de los Estados miembros, muestra una imagen de fachada más que de liderazgo ante potencias como Rusia, Estados Unidos, o China, todas ellas desplegando su respuesta a esta crisis en territorios de más del doble de superficie que el europeo. No es de extrañar que esta última haya enviado suministros médicos a algunos países directamente, sin pasar antes por la UE. 

¿Son criticadas estas medidas por su eficacia? No, lo son por su implícito significado, por ilustrar la vuelta en tiempos difíciles a la gestión nacional más individualista (como también muestra la reciente relajación de los criterios fiscales para dar mayor libertad a las economías nacionales ante la crisis). Como si de destapar un elaborado velo se tratara, la crisis de la COVID-19 parece haber puesto en evidencia la falta de confianza de las instituciones europeas en sí mismas, su temor a que su actuación sea insuficiente o inapropiada, incluso, pensarían algunos, ilegítima. ¿Por qué no se han alzado las instituciones europeas en este momento de necesidad como defensor y representante de los ciudadanos comunitarios? Ya sea por el miedo al desacuerdo, el temor a la irreconciabilidad de posiciones y situaciones distintas ante la crisis o, quizás, por una mera falta de compromiso con los ideales de cooperación expresados en los tratados, estamos perdiendo la oportunidad de lograr una acción coordinada ante este problema y nos estamos forzando al confinamiento nacional y a delegar toda acción (y responsabilidad) a las diferentes autoridades estatales.  

Tomando la voz cantante, mostrando una inspiradora iniciativa ante esta situación con un gabinete de crisis europeo comprometido, mediante la activa cooperación de los miembros del Consejo, no solo estaríamos tomando las medidas restrictivas necesarias para paliar los efectos de la pandemia, como efectivamente se está haciendo en países como España o Italia, sino que contaríamos con una mayor coordinación entre países, lograríamos una fuerte proyección en la sociedad internacional y podríamos volcarnos en las zonas más afectadas con mayor eficacia y contar con una valiosísima experiencia para actuar a continuación en las que menos lo están. 

Desde el punto de vista económico, una acción más inclusiva ya está siendo reclamada por cientos de voces de reconocidos expertos en la materia. Mediante un manifiesto publicado el pasado día 20 de marzo se pide al Consejo Europeo que tome cartas en el asunto con la creación de un eurobono común, para facilitar la emisión de deuda necesaria para financiar el esfuerzo económico que supone esta crisis. Estamos ante una crisis europea que requiere una solución europea, tal y como apunta el mencionado manifiesto. 

Una solución europea que debería mostrarse multidimensional. A lo largo del desarrollo de la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC), en concreto durante el Consejo Europeo de Helsinki de 1999, se acordó una resolución que por el contexto del momento quizá pasó ligeramente desapercibida, pero que hoy resultaría a la vez apropiada y agradecida: ‘’Se establecerá un mecanismo de gestión de las crisis no militares que coordine y haga más efectivos los diversos medios y recursos civiles, paralelamente con los militares, y los ponga a disposición de la Unión y los Estados miembros’’.  

Una situación que aboca a países como España a declarar el estado de alarma, a recurrir a los recursos militares para descongestionar un sistema sanitario totalmente desbordado mediante la construcción de hospitales de campaña para los civiles afectados (como el que se está desplegando en Ifema) parece realmente encajar en la descripción de la resolución del Consejo de Helsinki de 1999. Y, aun así, pese a la existencia de la perfecta situación de una crisis no militar, la Unión Europea se limita a cerrar las fronteras, relajar las medidas para con los Estados miembros y esperar a la resolución de la crisis por la acción de estos.  

De poco sirve la letra si la música no acompaña. 

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