Mirada al feminismo global. El 8M en tiempos víricos.


Sonsoles García Granda.

            El 8M, día internacional de la mujer trabajadora, arrancó este año 2020 en un contexto sin parangón. La movilización de miles de mujeres en todo el mundo levantó, como ya es costumbre, numerosas voces contrarias, pero también vítores de ovación. Lo seguro es que, un año más, las multitudinarias manifestaciones feministas no dejaron a nadie indiferente. Cada año, más y más países se suman a la cita del día ocho de marzo para apoyar la lucha de las mujeres. Éste, Chile se convirtió en el foco mediático mundial superando su récord de participación y se sumó al “paro” del 9 de marzo, huelga general de mujeres, en la que también participaron países como Argentina o México. Bajo el lema: “Un día sin nosotras”. Esta iniciativa, que también se ha llevado a cabo en los últimos años en otros países como Estados Unidos, España o Islandia; reivindica la importancia del papel de las mujeres en el mundo laboral. Sobremanera, dentro del hogar, en lo que se refiere a los cuidados domésticos.

            Tras meses de preparación y mucha organización, el mundo entra en el mes de marzo con un agente vírico esparcido a nivel mundial que amenazaba con convertirse en una pandemia global. Por consiguiente, el movimiento feminista tiene que afrontar un nuevo contrincante. Ambos con alcance internacional, tanto el COVID-19 como el movimiento feminista parecieron, desde el principio, no llevarse bien. Uno amenazando con expandirse a su libre albedrío entre las manifestantes y otro, sin desmoralizarse, amenazado con poner fin al trabajo de meses de todas sus organizadoras. A pesar de las críticas, desde gobiernos hasta personas de a pie, el 8M se lleva a cabo como estaba previsto, pero el contabilizador de personas lo nota, sobre todo en las grandes ciudades españolas, donde se registra el menor número de manifestantes de los últimos tres años. Sin embargo, no se debe apostar todo a los indicadores mediáticos tradicionales. Efectivamente, el ocho de marzo de este 2020 tuvo que hacer frente a una situación inesperada y difícil, nada que, por otra parte, fuese nuevo para las feministas. No obstante, sin restarle importancia al problema, sería contraproducente confundir este artículo sobre el Día Internacional de la Mujer con un informe de sanidad o con uno sobre el COVID-19. El análisis del impacto y alcance del patógeno, dejémoselo a los expertos.

            Este 8M, la diversidad llenó las calles con colectivos feministas muy heterogéneos; desde las “encapuchadas chilenas”, las mujeres indígenas mexicanas, las mujeres con las manos atadas en la frontera turca con Siria, hasta los colectivos trans-inclusivos que llenaron las calles de Madrid. La llamada internacional de cohesión de las mujeres hizo eco desde Sudán, a la India, llegando a Pakistán y pasando por Serbia, Albania, Bosnia y Brasil. En este escenario de movilización mundial se preparó el cóctel perfecto para dar que hablar. Las reivindicaciones, ajustándose a la diversidad de sus portavocías, visibilizaron la realidad social de cada país siguiendo la línea general del discurso feminista global: la emancipación de la mujer y la obtención de derechos efectivos y equitativos. No obstante, la lucha feminista sale de este 8 de marzo visibilizando la cantidad de particularidades que conforman el movimiento. No son pocas las voces contrarias a esta deriva, desde partidos liberales que abogan por un feminismo sin ideologías, a los grupos que se oponen argumentando el “quien mucho abarca poco aprieta” y profetizando la pérdida de objetivos comunes. Es importante separar ambas opiniones.

            Aunque hasta hace poco eran reticentes o lo despreciaban directamente, los primeros defienden un feminismo de todos, donde ellos y sus opiniones, aunque a veces contradictorias, quepan. Una especie de traje morado a medida. Parece que muchos partidos y dirigentes políticos conservadores (especialmente en el espacio europeo) creen haber dado con la solución para conquistar a sus votantes feministas y borrar la hemeroteca. Resulta que lo que antes les daba votos, ahora se los quita y, hoy, no pueden competir contra nuevos luchadores que han llegado para vencerles en estas contiendas de nuevo cuño. Según argumentaban algunos dirigentes, el feminismo ha de ser un movimiento sin ideologías. Defienden que el feminismo ha de dejarse llevar por fuerzas centrípetas, pero al mismo tiempo no dudan en diferenciar su feminismo del otro. El pobre votante sentado en su sofá está perdido. No entiende nada, no se le puede culpar.

            El problema, según explican los colectivos, es que el feminismo no ha venido al mundo a ser un movimiento carismático, conciliador, neutro o sin grandes proyectos ni conquistas. Contra argumentan, a este feminismo “blanco” que el feminismo no está para contentar a todos, ni nunca lo ha estado. Como el traje a medida sólo le sirve a un grupo, las feministas no están dispuestas a perder esta batalla contra ellos. El movimiento feminista, explican, dista mucho de un feminismo politizado hacia un solo lado del espectro político.

            El segundo dilema se plantea desde la perspectiva de aquellos que defienden que el todo es mayor que sus partes. El movimiento feminista tiene que hacer frente cada día a la dura batalla de afrontar una realidad nueva. Una voz más que nace para contradecir el paradigma. Esto preocupa a los más escépticos que profetizan perder todo lo conseguido durante años de esfuerzo y lucha. Sin embargo, si algo podemos sacar en claro del 8 de marzo, es que la diversidad no hace más débil al movimiento, no lo separa. Lo hace crecer y lo unifica. En numerosas de las manifestaciones que tuvieron lugar el 8M, como por ejemplo en Chile o en España, se pudo constatar una voluntad de hacer del feminismo un movimiento de todas construido por todas.

            Los colectivos explican que las formas de opresión son diversas y varían en cada cultura, en cada ambiente socioeconómico y en cada realidad sexual. Muchas son las que defienden que no se puede combatir con un discurso universalista porque caemos en el riesgo de que sea de nuevo la cultura occidental hegemónica la que dirija el movimiento, sin abarcar realidades que se escapan de su visión. Las demandas feministas varían de un país a otro precisamente porque cada país es distinto al anterior. Porque la realidad socioeconómica, la cultura y las condiciones de las mujeres no son iguales en todo el mundo. Porque no hay una definición universal de lo que es ser mujer. Esto es lo que nos enseñan las mujeres con las manos atadas en Hatay (Turquía), cuando se congregan para recordar a las más de seis mil compañeras sirias utilizadas como armas de guerra, que sufren a diario la violencia y los abusos de sus captores. Es el eslogan de las mujeres argentinas: “La deuda es con nosotras: vivas, libres y desendeudadas. Aborto legal ya”, denunciando la precariedad de las mujeres, reclamando un derecho que aún no ha llegado a su país y vinculando sus demandas con las reclamaciones económicas ante el FMI. Son las mujeres mexicanas que salieron a reivindicar una protección frente a las más de diez mujeres asesinadas cada día, además de las desaparecidas. Son también las indígenas chilenas reivindicando el lugar en la historia latinoamericana que les fue arrebatado. Son ellas, entre otras, las que salieron a la calle a sabiendas del riesgo que corrían y sufrieron la violencia policial. Y son, también, las feministas españolas que salieron, una vez más, a reivindicar la interseccionalidad del movimiento y la inclusión de las mujeres trans.

            El feminismo del siglo XXI se prepara para retomar debates que quedaron en el olvido o para poner sobre la mesa aquellos que aún están silenciados. Unos pronostican su muerte y otros su nacimiento. Lo que cualquiera podría concluir al primer corte de bisturí es que el feminismo de nuestros días trasciende al 8M. Que el análisis es superficial si gira entorno a la cuestión del número, y que no se puede abarcar en un día todas sus formas y realidades. La lucha feminista ha permeado en nuestras sociedades en el día a día. La formación y la organización es diaria. El motor ya está encendido y su marcha es creciente. Y ya no hay un punto de retorno para los nostálgicos.

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