O conmigo o contra mí


Sonsoles García Granda

En su ensayo “Homo videns: la sociedad teledirigida”,Giovanni Sartori escribía en 1997 sobre los daños psicosociales que sufren los homos sapiens que, mientras crecen, desarrollan su identidad política a través de la televisión. Pese a las críticas, no estaba éste dirigido a maldecir a las grandes compañías televisivas italianas. Era, más bien, una señal de cuidado: curva peligrosa. El politólogo italiano sostenía que la televisión, llena de imagen a color y sonido, despojaba al ser humano de una capacidad que le otorgaba el título de sapiens, la abstracción. Al final, viendo la televisión, la digestión de información se convertía en una tarea tan sencilla que, al cabo de un tiempo, el homo sapiens olvidaba hacerla por sí sólo, y se convertía en un “homo videns”, recibiendo información sin verdaderamente aprehenderla.

Una dicotomía es la división de algo en dos partes, normalmente, contrarias entre sí. Este concepto no puede ser más oportuna hoy en día. Durante los últimos meses no sólo se habla largo y tendido del mismo tema, sino que, además, la ciudadanía se sumerge más en él. Lo que tuvo su origen en el ámbito de discusión sanitario se mudó rápidamente al ámbito político. Los “zoones politikones” aristotélicos se levantan, si es que alguna vez se acostaron. Primero, desayunan las noticias de primera hora de la mañana. Cargados los fusiles de opiniones, echan mano al móvil y a las redes sociales. Preparados, que comience la batalla. 

La COVID-19 se ha convertido en el foco mediático desde hace unos meses, ocupando cada minuto del telediario. Cada día nos nutrimos de las comparecencias políticas, o, más bien, de sus resúmenes; de las declaraciones de los dirigentes políticos; de las imágenes dolorosas que deja esta crisis, luego de las alegres; de las noticias flash con el aderezo internacional; de testimonios de trabajadores y sanitarios; de alguna que otra noticia más científica; e incluso de vídeos virales o historias curiosas del confinamiento. En resumen, el ciudadano recibe ingentes cantidades diarias de información. Todo este maremágnum de datos, mezclados con las opiniones políticas y dentro de la seriedad de la situación, genera en el ciudadano una necesidad constante de formular un juicio de valor. Pero en la era de la sobreinformación, no le queda otra que buscar atajos rápidos para no quedarse atrás, y normalmente acude a su partido, del que extirpa su opinión.

Desde las primeras medidas gubernamentales frente a esta crisis, hemos visto una oposición política decidida a hacer ruido y a posicionarse, generalmente en contra, en lo que a España se refiere. Esto, más allá de formar parte del juego democrático de nuestros días, al que hay que acostumbrarse (pero del que también hay que saber alejarse en la medida de lo posible), no hace más que plantear los razonamientos al homo videns en clave dicotómica. Un patógeno, ajeno a ideologías o a juegos partidistas, ha conseguido generar un debate político en la sociedad basado en el “o conmigo o contra mí”. Mientras los expertos nos advierten que gestionar esto es tarea difícil al no existir precedentes, y admiten que hay muchas opiniones e incógnitas sobre la mesa, las comparecencias políticas se llenan de acusaciones y enfrentamientos. La ciencia demuestra humildad mientras la política predica soberbia. Los discursos políticos, encallados en la divergencia, cristalizan una preocupante situación política en la que se descarta la acción conjunta y se enseña a regodearse en las fallas de los contrarios. Este juego constante de buscar al culpable que encuentra sus bases en el enfrentamiento lleva al ciudadano a escoger una opinión rápidamente y firmar el contrato sin leer detenidamente la letra pequeña. Si la leyese, pondría algo así como: no nos hacemos responsables de lo que hacemos, sólo de lo que decimos que hubiésemos hecho. Las constantes apelaciones partidistas a “lo que nosotros haríamos” no hacen más que alimentar este continuum de dicotomías. La estrategia política de dividir para captar votantes no es algo nuevo, pero se convierte en algo peligroso cuando florece en momentos de crisis y dolor social. 

Uno de los grandes retos que tendrá que afrontar nuestra sociedad cuando esto acabe, será el de desenlazar el infinito nudo de enfrentamientos que lleva enredándose desde antes incluso de que comenzase la crisis sanitaria, haciendo pedagogía para abandonar las dicotomías, que no construyen, y aprendiendo a pensar más en clave democrática. A veces no hace falta posicionarse, se puede admitir no tener ni idea de qué hacer y es loable preferir esperar para generar un juicio personal. Desde los laboratorios nos piden tiempo. Medirlo todo a priori en blanco o negro, es olvidar la gama de grises que se prestan a los ojos que quieran verla. Reconocer que hay que dejar que pase el tiempo no es sinónimo de derrota ni de cobardía. Puede que en política el tiempo no lo ponga todo en su sitio, pero ante situaciones como esta, es a él a quien debemos esperar para exigir y atribuir responsabilidades, lo demás es lanzar tiros al aire.

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