Portland, crónica de un declive anunciado

Federal officers stand guard after dispersing protesters in Portland, Oregon, on July 21. Nathan Howard/Getty Images


Fotografía de Foreign Policy

Pablo Cerezo Alpresa

¿Qué hacer si los Agentes Federales te secuestran durante las protestas? Es el título de un artículo publicado en el Portland Mercury, un medio local con gran presencia en la ciudad norteamericana. La pieza, lejos de ser paródica o un “clickbait”, es una auténtica guía sobre qué hacer en caso de que los agentes federales te detengan durante las protestas para que los tuyos no te pierdan la pista y sepas afrontar los interrogatorios. Y aunque suene todo a un guion descartado de “Homeland”, el artículo ha tenido gran repercusión. Lo que no resulta tan extraño después de ver la situación de la capital de Oregón.

Todo se enmarca bajo las protestas de Black Lives Matter que empezaron tras el asesinato de George Floyd el pasado 25 Mayo. En Junio, tras la muerte de un agente federal en las manifestaciones de Oakland, California, Kenneth Cuccinelli, secretario de Seguridad Nacional, afirmó que la escalada de violencia de las protestas podrían considerarse un acto de “terrorismo doméstico”. Toda una declaración de intenciones, pues ahora el BLM se convertía una amenaza a la “seguridad nacional” y por tanto debía ser tratada bajo la ley que, con el mismo nombre fue aprobada por George Bush en 2002 en su cruzada contra el terror. Y bajo este contexto llegamos a Portland.

En la capital de Oregón se desplegaron al menos un centenar de agentes federales vestidos con uniforme de campaña sin ningún tipo de identificación ni reparos en llenar las calles de gas lacrimógeno. Las protestas son en su gran mayoría pacíficas y aunque existan pequeños reductos más violentos estos se limitan a unas horas muy concretas de la noche en escasas manzanas. Por lo que la presencia de las fuerzas federales no parecen estar justificadas. Incluso el alcalde de Portland, quien ha sido uno de los más señalados por los protestantes, ha reconocido que el despliegue de los cuerpos federales no ha hecho más que empeorar la situación de la ciudad. 

Desde ese momento hasta hoy, y sin visos de desescalada, los ataques al Estado de derecho a manos de estas tropas han sido continuos. Decenas de testimonios muestran como los uniformados detienen a los manifestantes de manera indiscriminada sin seguir los procedimientos debidos, sin informarles a donde van o por qué motivo y bajo un constante y excesivo uso de la violencia. Y el caos parece continuar, azuzado por unos agentes federales que parecen encontrar placer en ver todo arder.

Llegados a este punto, uno se debe estar preguntando ¿Por qué Portland? ¿A qué se debe que en una ciudad rica, donde la población negra apenas alcanza el 7% se haya producido la mayor escalada en las protestas? Parte de la respuesta está en que Portland, de mayoría demócrata, cuenta con una gran tradición progresista y supone por tanto el enemigo idóneo al que Trump puede culpar de todos los males.

Quedan tres meses para las elecciones presidenciales y han cambiado muchas cosas en el escenario electoral. Quizás lo más importante sea el aumento en la tasa de desempleo la cual alcanzó la cifra histórica de 14,7% el pasado abril y que en junio se mantenía en un 11,1%. Con estos datos la gran baza de la recuperación económica no será ya tan efectiva.

Por tanto, Trump ha optado por una receta que aunque clásica, todavía no sabemos qué resultados tendrá en los próximos comicios. El presidente de los Estados Unidos está jugando una vez más al caos y la polarización entre el orgullo patrio y el estado de derecho. Y por ello él sea seguramente el mayor interesado en ver disturbios en las calles de Portland por muchos motivos.

En primer lugar le interesa reanimar a sus acólitos quienes, tras el fracaso de convocatoria en su primer mitin en Tulsa, parecen necesitar un revulsivo. Trump busca volver a alimentar el sentimiento patriótico de sus más afines, y los ataques a las estatuas a manos de los “temidos antifa” parece un buen escenario para conseguirlo.

En segundo lugar, siendo Portland una alcaldía demócrata, necesita extender la responsabilidad de los disturbios a Biden. Los republicanos son conscientes de que se juegan las elecciones en estos meses, de ahí que hace apenas una semana, el presidente afirmara que lo que estaba pasando en Portland era “incluso peor que Afganistán”. Lo fundamental es comunicar al votante incierto que el caos imperante en Portland se debe a la mala gestión de su alcalde demócrata y que solo la reelección de Trump podrá evitar que el caos se extienda al resto de las ciudades norteamericanas.

En último lugar, porque cada portada dedicada al ataque de estatuas o a los excesos policiales es una portada menos centrada en que Estados Unidos sigue siendo el país con mayor número de contagios y muertos por Covid-19, y que su situación continua empeorando. Pues es el único lugar donde hay serios debates donde muchos ven en el uso de las mascarillas un auténtico liberticidio. Estados Unidos se fundamenta en un concepto de libertad truncado, ajeno a cualquier tipo de responsabilidad social, lo cual le está causando grandes estragos en esta crisis.

Nada indica que la tensión vaya a disminuir en Portland. Las escenas de agresiones policiales se concatenan cada noche en Twitter, y todo apunta a que los protestantes, parapetados tras escudos caseros y máscaras de gas, siguen dispuestos a plantar resistencia. Si a eso le sumamos la segunda enmienda de la constitución norteamericana no es descabellado temer un peligroso aumento de la violencia.

Está por ver que resultados le dan a Trump su postura ante las protestas, porque en Estados Unidos hace mucho tiempo que todo resulta muy incierto. Pero lo que queda claro es que al movimiento de BLM le queda todavía mucho camino por delante y que seguirá demandando la reforma del cuerpo policial y justicia contra el racismo sistémico. Gran parte del resultado de las próximas elecciones dependerá de cómo se traduzca ese movimiento en votos ya que el votante negro de clase trabajadora suele ser difícil de movilizar. Habrá que esperar para ver si el BLM cambia esa realidad.

El caso de Portland no hacen más que poner de manifiesto lo que pueden ser los últimos estertores de un país-imperio que agoniza. Los problemas de fondo son muy profundos y venían de lejos. Es posible que las protestas pongan fin al mandato del actual presidente. Sin embargo, hasta que no se entienda a Trump, no como una piedra en el camino, sino como consecuencia directa de la vieja normalidad, cualquier alternativa no será más que un parche en un país al que no le queda mucho oxígeno.  Porque los disturbios en Portland, la nula gestión de la Covid-19 o la deriva autoritaria de Trump no son más que la crónica de un declive anunciado.

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