Reivindicar lo queer. Luchar contra el bullicio


Fotografía de Wikipedia

Nerea Domínguez Sanisidro

El estatismo de un feminismo de clase media protagonizado por mujeres blancas cisheterosexuales fue el único motivo de la creciente multiplicidad de los llamados movimientos identitarios en los años 80. Lo queer nace del silenciamiento y la invisibilización del feminismo racial, el lesbianismo y del colectivo trans (entre otras) denunciados por autoras como Adrianne Rich y Monique Witting o por asociaciones como Lesbian Avenger y Radical Fairies. No solo se trataba de la falta de representación de los colectivos minoritarios en el movimiento feminista sino de la omisión de elementos y opresiones en contacto directo con el género en los análisis y, en consecuencia, en la Agenda Política.

Cuarenta años más tarde, asistimos al rebrote de tendencias profundamente excluyentes en determinados sectores del feminismo que nos recuerdan a los motivos de la ruptura de los 80. En ambos casos – en los 60 y 70 y ahora –, el denominador común de la exclusión es la conceptualización de un sujeto político de tradición ilustrada único del feminismo; se trata de un sujeto universal y receptor de las opresiones y la discriminación descritas en El Segundo Sexo. La universalidad, pasa a ser un lastre cuando, tras la consecución de los derechos básicos y transversales, las identidades disidentes dentro del feminismo siguen tan invisibilizadas y acalladas como al comienzo de su lucha. La insistencia de los sectores hegemónicos del feminismo para la omisión de las realidades periféricas se justificaba apelando a una forma de opresión última derivada de la condición de mujer. Sin embargo, para las autoras de la ruptura, no existía una genealogía de las opresiones sustentadas sobre una principal, sino que se trata de un sistema de opresiones interconectadas. En palabras de Gloria Andalzúa y Cherríe Moraga:

“El peligro radica en jerarquizar las opresiones. El peligro radica en
no reconocer la especifidad de las opresiones. El peligro radica en
abordar las opresiones desde una perspectiva exclusivamente
teórica” (This Birdge Called My Back, pág 29. Traducción propia.)

Las similitudes con el debate actual son manifiestas; quién asume como antagonistas al movimiento feminista y a la teoría queer lo hace, o bien apelando a un hipotético choque de intereses en que es el primero el que debe tener cabida, o bien señalando la presunta distancia que los separa, siendo el segundo un mero invasor político. Sin embargo, mientras crece la confrontación se desdibuja el debate y, con un trato vago, no solo se
reduce la teoría queer a los postulados defendidos por Judith Butler, sino que se además malinterpretan.

En este artículo no solo se tratarán algunas de las potenciales herramientas y aportes de la teoría queer al feminismo, pero también se desmentirán algunos de los mitos reduccionistas que han copado prensa y redes en los últimos años.

“We’re here. We’re queer. Get used to it” (Lema adoptado por Queer Nation en 1990)


Decir que los años 80 fueron la génesis de las protestas y el movimiento LGBT sería olvidar los precedentes de lucha presentes a lo largo de todo el S.XX, sin embargo, si se debe señalar un punto de inflexión y eclosión de la organización queer, debe hablarse de la crisis del Sida.


Los años 60 y 70 se habían caracterizado por el avance en la visibilización y la desestigmatización del colectivo. Si bien los avances de la época ignoraron la presencia de lesbianas y trans, también es cierto que su presencia en las calles potenció la creación de espacios exclusivamente LGBT; espacios en que, si bien se desarrolló una cultura propia del ocio y ajena a la normatividad heterosexual (de la que se hablará posteriormente), también se desarrollaron entornos de visibilización, apoyo mutuo y
organización seguros.

El SIDA supone la ruptura con el aparente y vago progreso. La población gay, especialmente de la sociedad norteamericana, se ve diezmada y abandonada ante un virus mortal y desconocido que, además supone, el cierre y la clausura de muchos de los espacios inaugurados en la década anterior. Además, la estigmatización y el señalamiento de las prácticas y los cuerpos homosexuales recrudecen la retórica reaccionaria demonizando y criminalizando a las víctimas del virus.

Surgen entonces organizaciones como ACT UP, capaces de reunir a miembros de todo el colectivo y con una dinámica activista que bebía de la rabia. Lo que comienza en los 80 como un grito por la amenaza de la muerte, el olvido y la exclusión, germina en los 90 con la creación de asociaciones como Queer Nation (1990).

“Queer” había servido de sustantivo descriptivo de lo anormal, lo bizarro y lo excéntrico, primero a lo largo y ancho de la cotidianeidad y, luego, reduciéndose a las sexualidades e identidades de género disidentes. La ruptura con la normalidad invocaba lo queer y, ahora, en plena crisis del SIDA, esa ruptura la constituía el rechazo al heterosexualismo. Fue, precisamente, Queer Nation la encargada de promover la reapropiación del concepto y dotar dicha reapropiación de un componente cultural y político inherente a la lucha LGBT.

Como en el propio manifiesto “Queer leed esto”, Queer Nation describe,


“Bien, sí, “gay” [alegre] está guay. Tiene su encanto. Pero cuando muchas lesbianas y hombres gays se levantan por la mañana, nos sentimos enfadadas y asqueadas, no gays. Así que hemos elegido llamarnos a nosotras mismas como queers. Usando “queer” – una forma de recordarnos cómo nos percibe el resto del mundo. Es una forma de decirnos que no tenemos que ser personas ingeniosas y espléndidas que mantengamos nuestras vidas discretas y marginadas en el mundo hetero (…). A diferencia de GAY, no significa MASCULINO. Y cuando se les dice a otras gays y lesbianas, es una forma de sugerirles que cerremos filas, y olvidemos (temporalmente) nuestras diferencias individuales para que encaremos algo más a nuestro pérfido y común enemigo” (Queer Nation, 1990)


Defender lo queer significaba – y significa – un posicionamiento claro de pertenencia, independientemente de ser o no cierta esta pertenencia. Esta forma de asociación causal, deriva en el reconocimiento de un sujeto constituido en un campo discursivo determinado, carente de objetividad, pues no es ésta la naturaleza del fruto de su conocimiento, sino que se trata de una condición retórica. Cuando no se reconocen los atributos epistemológicos del sujeto político de cualquier movimiento social, tampoco se reconoce su condición de sujeto político.

Con respecto a la performance de Butler y la identidad.


La controversia ha puesto el foco en torno a la cuestión del género y la identidad. Lo queer se ha trasladado desde la sexualidad (eje sobre el que comenzó a construirse la perspectiva teórica a la que se interpela en este punto) hacia la identidad de género. No solo se ha hecho de mala manera, desbordando reduccionismos y generalizaciones vagas, sino que, además, se ha naturalizado la identidad de género como el objeto de estudio original de las teóricas queers. El resultado es la descontextulización de las aportaciones teóricas (que en escasos casos pueden contemplarse en ausencia del análisis de la sexualidad) y la invisibilización y el silenciamiento de las pioneras del feminismo lésbico o el feminismo negro y chicano, negándolas como precursoras y pilares de la teoría queer.

En las críticas a la teoría queer, tiende a hablarse de un hipotético sentimiento de pertenencia al género opuesto al asignado al nacer, argumento que dista, no solo del imaginario queer (y en concreto del trans), sino también de la propia perspectiva teórica a la que se le atribuye. De hecho, cuando se habla de teoría queer, se habla en general de la propuesta de Judith Butler, ignorando 30 años de historia queer, con sus alternativas,
con sus enmiendas y con sus encuentros y desencuentros.

Como se ha señalado en los primeros párrafos de este artículo, la oposición a la teoría queer al menos la que a día de hoy tienen el altavoz, bebe del materialismo francés de Simone de Beauvoir. Se parte entonces, de la construcción social de la condición de mujer, de la inexistencia de una base natural que sustente las formas de opresión y discriminación que sufre el género femenino; se parte, en definitiva, de la artificialidad del género y su creación cultural y social. De hecho, para Beauvoir, la mujer se hace y
reconoce – socialmente – en relación al hombre.

En torno a la línea iniciada por Beauvoir, Rubin, desarrollará su conceptualización del llamado sistema sexo/género y expondrá que, si bien el primero de sus dos elementos constitutivos se asienta sobre principios naturales y biológicos, el segundo, de naturaleza estrictamente artificial siguiendo a Beauvoir, es el que lo dota de significación social y cultural. Así, se consolida el género y las relaciones sociales en torno a las que éste se asienta como elemento explicativo de la subordinación histórica de las mujeres.

Sin embargo, como expresa David Córdoba las limitaciones de este enfoque no podían explicar la existencia de un binarismo estricto a ambos lados de la dicotomía de Rubin. La distancia entre los elementos y la inexistencia de otra relación que no sea la de construcción social del género en base al sexo no termina de explicar la correspondencia estricta entre sexo masculino y género masculino o entre sexo femenino y género femenino y, de hecho, deja la puerta abierta, no solo a la existencia de múltiples géneros sino a la ausencia de dicha correspondencia. Por otro lado, la concepción del género como un espacio político, en ausencia de la relación causal antes señalada, convertiría al sexo, más que en la razón natural de la dicotomía, en la razón discursiva naturalizante.

Enfoques alternativos y separatistas de esta línea como el de Witting fueron primordiales para el desarrollo del postestructuralismo y, en concreto, para el desarrollo de las aportaciones de Butler. Se mencionaba al comienzo del texto el concepto heterosexualismo. Pues bien, se trata de un término acuñado por Witting en que el género y la expresión de las mujeres venían determinados por los efectos ideológicos de un régimen de naturaleza discursiva que ponía el foco en la heterosexualidad como principio segregador. El heterosexaulismo reproducía la lucha de clases y sometía a la mujer al hombre convirtiendo ambos géneros en “conceptos políticos de oposición”. Toda aquella realidad social que se escapara a la normatividad heterosexual se escapaba a la estricta composición del género. Así el determinante de la construcción social del género pasa a ser la sexualidad y no el sexo.

Para Butler, sexo, género y sexualidad interactúan y constituyen lo que ella misma denominará la identidad como performance. En primer lugar, el sexo como determinante natural, en segundo lugar, el género como expresión socio-cultural externa y, en tercer lugar, la sexualidad como régimen normativo determinante de dicha expresión sociocultural. El sexo, sin embargo, no será entendido de la misma manera que en el materialismo constructivista, la relación causal entre sexo y género se invierte, siendo el primero un elemento discursivo producto de la división social entre géneros. La sexualidad y, en concreto la heterosexualidad, será el dispositivo político de reproducción de esta dicotomía binaria entre géneros.


En definitiva, si bien Butler no comparte la comprensión de la identidad sexual como la externalización de una esencia primera y natural, en absoluto la comprende como el resultado de un sentimiento de pertenencia. Se trata, en realidad, de la existencia de una idea naturalizante de esa esencia primera y, por tanto, de la externalización de esa idea. De ahí que Butler entienda la identidad como un acto performativo; si se trata de un operativo ideológico y su reproducción a través de la manifestación, se trata de un acto de interpretación y dramatización de un guion.


Para entender mejor las implicaciones de la ideología en Butler, debe entenderse su influencia althusiana. Para Althusser la interpelación repetida al sujeto y a una determinada posición estructural a la que ese sujeto es asignado construyó un operativo de reproducción de las relaciones de producción. Se da así un proceso de reconocimiento y naturalización de ese reconocimiento en que el sujeto se identifica con una hipotética posición que le precedía – aún a pesar de que es el propio reconocimiento de esa posición la que la determina -. Esta interpelación es repetida y continuada, no solo afirmando, sino reafirmando la posición. En palabras de Butler:

“(…)la construcción no es ni un sujeto ni su acto, sino un proceso de
reiteración mediante el cual llegan a emerger tanto los ‘sujetos’ como
los ‘actos’. No hay ningún poder que actúe, sólo hay una actuación
reiterada que se hace poder en virtud de su persistencia e
inestabilidad”. (Butler 2002: 28)


En realidad, las bases sobre las que se apoya el dicurso trasexcluyente, conforman una inversión de la noción de performance: mientras Butler habla de elementos hegemónicos que reproducen acciones y sujetos, el discurso transexcluyentes sitúa a esas acciones y sujetos como los alfareros de la realidad social. A través de la omisión de los elementos hegemónicos de reproducción social de las opresiones que operan sobre los colectivos minorizados, se naturaliza un discurso en que el oprimido pasa a ser la amenaza y el opresor. En la jerarquía de opresiones – con precedentes en los años 60 y 70 – la existencia de un colectivo, supone el borrado sistemático de otro. No se atiende a la existencia de contradicciones estructurales en el sistema heteropatriarcal ni a su resolución a través de una lucha conjunta, sino que, los derechos de unas pasan sobre los de otras.


Una crítica desde de Lauretis.


De Lauretis redefine la concepción del sujeto que el feminismo venía señalando. Para la teórica italiana el sujeto incorpora la construcción de la subjetividad, por tanto, se dan dos procesos paralelos; por un lado, la autoidentificación de esa subjetividad y, por otro lado, la identificación (reconocimiento) social de ese sujeto. Lo que de Lauretis trata de señalar aquí es, que los procesos a través de los emerge la identidad no se configuran en torno a una única posición en el entramado social, sino que, precisamente esas subjetividades se forjan en espacios intermedios y alejados de las subjetividades originarias (como es el caso del género).

Para Alcoff, también para de Lauretis, los discursos humanistas que plantean la existencia de una esencia humana constituyen la base sobre la que se asienta la construcción del sujeto político mujer como categoría invariable. La italiana, plantea la distinción entre la mujer como sujeto histórico y realidad cultural de mujer. Así la experiencia de ser mujer vendría determinada no por un género esencialista o su subjetividad originaria, sino por la interacción de símbolos, códigos y, en definitiva, un entramado cultural cambiante entre sociedades, que en ningún caso deben constituir la retórica de una esencia femenina.


De Lauretis plantea el sujeto feminista, frente al sujeto mujer. No supone un borrado de la experiencia de ser mujer, sino, precisamente, la afirmación del derecho a constituir nuestra propia identidad como mujeres aleadas del esencialismo. Frente a un posicionamiento fijo e invariable definido en el marco cultural de lo histórico, la teoría queer, lo que plantea en realidad no es un borrado histórico de las mujeres, sino la reformulación de un sujeto que comprenda la posición cultural (consciente o inconsciente) que exige la conducta y las características femeninas y no el determinante mal llamado biológico que subordina al plano cultural y experiencial.

Nota de autora.


El fin único de este artículo ha sido desenterrar los postulados y las propuestas de algunas de las teóricas queers en base a los debates y controversias actuales. No suponen un posicionamiento. Debates internos rechazan o critican las propuestas de estas teóricas pero es inviable en un único artículo, recoger y contextualizar el presente debate y exponer acuerdos y desacuerdos dejando, todavía, espacio a una reflexión personal. Para ello se elegiría como soporte de este texto uno más extenso.

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