Repensando las ciudades en tiempos de pandemia (III)


Reconstruyendo el futuro

Pablo Cerezo Alpresa y Marta Rodríguez Casanueva

A lo largo de esta serie de artículos hemos intentado analizar primero los síntomas y luego las causas de algunos de los males que adolecen nuestras ciudades. Entendiendo que las crisis son también momentos de clarividencia que nos permiten juzgar aquello que funcionaba mejor y peor en tiempos pasados. En efecto, la pandemia es un buen ejemplo de cómo, cuando todo se tambalea, resulta más sencillo ver los pilares sobre los que nos sosteníamos. 

Sin embargo, además de las lecciones que nos puedan aportar del pasado, las crisis son también momentos donde moldear el sentido común de la época resulta una tarea más sencilla. Nuestra sociedad se enfrenta a un momento catártico donde, medidas que antaño parecían imposibles ahora resultan más que razonables. Es por ello por lo que en estos momentos de crisis sería un error limitarnos únicamente a analizar el pasado, cuando se nos abre una ventana de oportunidad desde la que empezar a construir el futuro. Así, en este último artículo, nos aventuramos a arrojar alguna idea que creemos puede hacer de nuestras ciudades lugares más inclusivos, justos y sostenibles. 

El desarrollo de las ciudades está estrechamente vinculado con las grandes crisis sanitarias del pasado. La famosa reurbanización de París llevada a cabo por Haussmann responde, entre otras cosas, al brote de Peste que estaba asolando la ciudad. Algo similar ocurre con el plan urbanístico de Cerdá en Barcelona o la construcción de Central Park en Nueva York, aunque en estos casos fuera el cólera y no la peste lo que desencadenara la necesidad de repensar las ciudades buscando una trama urbana más verde, ordenada e higiénica.

Por otra parte, la eficacia de estos proyectos urbanísticos es fruto de que todos fueron planes amplios y radicales con capacidad para trabajar al mismo tiempo en diferentes escalas de la ciudad. Sin embargo, y aunque la comparación con épocas anteriores sea evidente, esto no significa que existan soluciones únicas, sino más bien que ante realidades muy complejas es necesario plantear respuestas ambiciosas.     

Justo por ello, la abundante literatura sobre cuáles deben de ser los siguientes pasos en esta nueva normalidad urbana (teletrabajo, smart cities, crecimiento lineal o radial, ruralización o ralentización de la ciudad…), nos hace plantearnos que la pregunta no es ¿cambiarán nuestras ciudades después de la pandemia?, sino más bien ¿cómo queremos que cambien? 

Como venimos analizando en anteriores artículos, ahora más que nunca, resulta evidente que el espacio público está en disputa y que las ciudades basadas únicamente en el turismo descontrolado, el consumo frenético, la mala movilidad y la desintegración de la comunidad son insostenibles. Si a esto le sumamos al desafío ecológico, vemos como las ciudades van a ser uno de los reclamos políticos fundamentales de la nueva normalidad.

Esos reclamos pueden encontrar respuesta en las teorías urbanísticas de descentralización que abogan por el desarrollo de las ciudades en forma de red, dotando a los barrios de una mayor vida autónoma, tanto cultural como económica. Sin embargo, estas teorías suelen ser objeto de muchas críticas por aquellos que consideran que la carga política e histórica de los centros no puede inventarse o recrearse a la ligera, o que, al contrario, estos nuevos “núcleos satélite” de la ciudad generarían burbujas residenciales y aisladas. 

Más allá de las críticas, consideramos que las ciudades en red tienen un gran potencial, sin embargo, para que esta descentralización funcione a largo plazo y genere una gran metrópoli solidaria y consolidada, no puede entenderse como la creación de nuevos barrios monolíticos como ya hemos visto con los PAUs.  Al contrario, una propuesta mucho más beneficiosa sería la de dotar a los barrios ya existentes de subcentros, cada vez más potentes, con elementos que contextualicen su lugar en la ciudad generando una nueva escala de cotidianidad como espacio de referencia y de encuentro. Por lo tanto, la creación de identidades urbanas fuertes no sólo mejoraría el tejido social dentro de la propia comunidad, sino también la valoración en toda la ciudad de cada uno de los barrios y sus notables peculiaridades, invirtiendo así la unidireccionalidad de la demanda y de la movilidad que tantos quebraderos de cabeza supone para el ecologismo.

En ese clamor necesitamos abogar por una red de centros interurbanos que rompan la perjudicial relación centro-periferia, apostar por el transporte y las infraestructuras públicas, plazas sin mercantilizar, pequeños parques, elementos que nos acerquen a nuestro barrio y espacios que nos relacionen con nuestros vecinos. Pero sobre todo necesitamos comprender que no existe ciudad sin comunidad. Cualquier otra forma de urbe, como hemos visto durante la cuarentena, está destinada al fracaso.

De esta manera, las grandes ciudades le deben tanto a sus urbanistas y arquitectos como a sus habitantes, que las construyen a través de la relación diaria con sus barrios y comunidades. Por ello, es necesaria una simbiosis entre una fuerza política capaz de marcar las líneas de un cambio ambicioso y radical, y una sociedad que alce su voz y participe de la reconfiguración de sus ciudades. La comunidad no se crea, sino que surge, y es ahí donde radica el futuro de las ciudades, el cual no puede ser consecuencia de diseños de laboratorio, sino que debe surgir a nivel orgánico en los barrios. El rol de las instituciones es el de facilitar esto, a través de espacios y políticas. 

Cantaba Chavela Vargas que ‘uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida’. Para bien o para mal, muchos de aquellos lugares no serán los mismos para cuando podamos volver a ellos. Algunos ya no existirán; otros simplemente no encajarán en esta ‘nueva normalidad’. Y, sin embargo, después de todo, quizás esto no sea tan malo, quizás haya llegado el momento de empezar a construir nuevos lugares donde amar la vida. 

Referencias:

  • Sennet, R. (2019) Construir y habitar: Ética para la ciudad. Anagrama, Barcelona, España.

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