Todos los caminos llevan a Bruselas


Nicolás Palomo Hernández, Secretario de 89 Spain

Al anunciar a las multitudes el castigo impuesto a los partidarios de Catilina, Cicerón utilizó una sola palabra: “vixere” (“han vivido”). Un claro eufemismo para expresar la muerte de estos. Sería una fatalidad tener que decir algún día que también la Unión Europea “ha existido”.

¿Fue el imperio romano la primera unión europea? Los romanos sentaron las bases de la civilización europea actual: leyes, idioma, religión, libertades, ciudadanía… Incluso objetivos que, hoy, aún están lejos de su consecución por parte de la Unión Europea: integración política y cultural, unos objetivos comunes en materia geopolítica y de política exterior, un ejército común… Retos todos ellos indispensables para el sostenimiento común de la organización, pero que, sin embargo, cada día parecen más alejados.

Si bien los límites territoriales del Imperio Romano sobrepasan los de la actual Unión Europea, encontramos numerosas semejanzas entre ambos actores. Hubo que esperar casi un milenio y medio para volver a ver niveles más o menos equiparables de integración entre los países del viejo continente. 

Otro de los avances que nos regaló la civilización romana fueron las calzadas. Los caminos, las carreteras, que propulsaron la movilidad de personas y mercancías, el comercio entre las diferentes provincias romanas. Esa increíble e innegable conexión entre todos los territorios del imperio es comparable, salvando los límites, al actual espacio Schengen o incluso a la revolución en los transportes propiciada por la globalización a nivel mundial.

Entre el año 165 y el año 180 d.C. estalla en Roma la peste antonina, una pandemia de viruela o de sarampión. Se cree que causó la muerte de Marco Aurelio, produciendo la consecuente llegada al poder de su hijo Cómodo. Los soldados romanos en las campañas al este del imperio introdujeron la enfermedad en Roma. ¿Y qué causó la rápida expansión de la pandemia por todo el territorio romano?: las calzadas. La tan productiva interconexión les jugó una mala pasada, provocando la muerte de una gran cantidad de personas y numerosas consecuencias culturales, económicas, sociales y políticas para el Imperio. Impotentes ante la muerte y los efectos de la peste, muchos romanos acudieron a la superstición y a los conjuros para luchar contra la misma. 

Como a ellos les tocó, hoy a nosotros nos toca sufrir una pandemia. Las similitudes son indiscutibles: una enfermedad venida de oriente, con su foco europeo en Italia y que se expande rápidamente por el continente debido a la ausencia de fronteras interiores y a la acuciante interconexión y movilidad de mercancías y personas. También como ellos -y alentados por la falta de respuestas y solidaridad por parte de otras “provincias” europeas-, muchos han querido buscar soluciones en la superstición, en los nacionalismos, en el cierre de fronteras, en el autoritarismo, en el repliegue estatal, al fin y al cabo.

Estados de alarma, restricciones a la movilidad, controles fronterizos, lenguaje belicista… La falta de una solución conjunta por parte de la Unión Europea ha causado que la respuesta a los efectos del virus sea en gran medida a escala estatal, obstaculizando la cooperación y frenando la integración y los retos conjuntos a los que nos tendremos que enfrentar inexorablemente en el futuro próximo. El ejemplo más claro lo encontramos en Hungría, cuyo parlamento ha aprobado la prolongación del estado de alarma de manera indefinida, otorgando a Viktor Orban el poder de gobernar sin ningún tipo de control parlamentario y limitando en gran medida la actividad de los periodistas, desafiando las recomendaciones de Bruselas y sembrando la semilla de la primera dictadura dentro de los límites de la Unión Europea. Este hecho nos hace preguntarnos hasta qué punto estas medidas podrían ser extrapolables a otros Estados miembros -hasta qué punto existe riesgo de contagio para la adopción de estas medidas basadas en la “nueva superstición”- y en qué medida los “gobernantes provinciales” pueden desear convertirse en los nuevos “emperadores” de sus respectivos territorios. 

Por todo ello, conviene ser especialmente cuidadosos para que el remedio no sea peor que la enfermedad, nunca mejor dicho. Cuestionar si las medidas tomadas por los diferentes Estados miembros para paliar los efectos del virus pueden provocar la aparición de nuevos límites y obstáculos para profundizar en la tan ansiada integración europea, en el objetivo de encontrar soluciones comunes y consensuadas más allá de la cerrazón nacional y nacionalista. La respuesta está en los órganos comunes de decisión. Si antes todas las calzadas llevaban a Roma, hoy, todos los caminos, deberían llevarnos, indudablemente, a Bruselas.

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