Xièxiè. Spasibo. ¿Gracias?


Pablo Méndez, de Volt

La pandemia que sufre nuestro planeta tiene un origen reconocido: Wuhan, capital de la provincia de Hubei, en China, con más de once millones de personas viviendo en ella. El 8 de diciembre de 2019, según la OMS, se dio el primer caso de esta enfermedad que se está convirtiendo en el mayor reto para la humanidad (sin olvidar el Cambio Climático, el cual parece haberse diluido ante la emergencia). Sin embargo, existen numerosas críticas e investigaciones que proponen que esta fecha originaria no fue tal, sino que se encontraba en la sociedad meses antes. Sea verdad o no (algo que sabremos quizás en un futuro), lo único seguro de todo esto es que existe un intento de utilizar esta pandemia como propaganda.

Este afán investigador (que suele centrarse en culpabilizar al Estado chino de la desinformación, junto a la OMS), choca directamente con el afán propagandístico de otros gobiernos, destacando el de la propia China, en la ayuda propiciada a terceros países en su lucha contra la enfermedad.

Las palabras del primer ministro serbio (“Los únicos que nos pueden ayudar son los chinos. La solidaridad europea no existe, era un cuento de hadas sobre papel”) son sólo la última expresión de lo que parece ser una calculada estrategia orquestada en contra de las investigaciones que ya hemos comentado. Y no es un caso aislado. Ya ocurrió con Italia cuando se reconoció la ayuda de Rusia o China, obviando la dada por Europa, algo completamente contrario a la realidad, ya que, si nos ceñimos a los datos, un 80% de la ayuda enviada por Rusia se consideró inservible. Igual que ocurre en Serbia, donde el 40% de la población piensa que China ha sido el principal inversor en esta crisis, mientras que la Unión Europea ha aportado más de 1.800 millones de euro desde 2009 en el país balcánico.

¿Qué facilidad existe entonces para exclamar Xièxiè o Spasibo, pero no para agradecer a los socios europeos? La respuesta debe ser una autocrítica en el seno de la Unión Europea. ¿Se actuó correctamente en un primer momento por parte de países como Francia y Alemania?, ¿era la mejor respuesta no ceder material a los vecinos?, ¿la comunicación por parte de la UE ha sido la acertada?, ¿los europeos ven a las autoridades desde muy lejos? Sin duda, todas estas preguntas deben ser tenidas en cuenta, estudiadas y , en base a ellas, realizar un plan de acción y de información que haga reflexionar a los dirigentes de la Unión, que consiga hacer entender que necesitamos una Unión más ágil, más capaz y más integradora para todos los europeos, sin excepción, con un único espíritu.

Pero quedarnos aquí sería quedarnos a medias. La nueva geopolítica no se mide sólo por el armamento o el territorio. La información, la ciencia, la propaganda y la tecnología entran en juego. Y algunos han demostrado estar adelantados, saber cómo jugar sus cartas y conseguir implantar ideas muy distintas a la realidad en la sociedad. China y Rusia son dos ejemplos claros de cómo actuar en aras de establecer un ideario en sociedades afectadas por una crisis como la actual de una manera poco transparente. Debemos ser críticos con estos regímenes y tenemos que ser conscientes de todos los intereses que se encuentran ligados a esta forma de actuar.

Es Europa la que debe alzarse en contraposición, siguiendo los valores que provocaron esta Unión, pero siendo muy consciente de que las reglas del juego cambian y debemos de adaptarnos a ellas, siendo flexibles y resistentes.

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